Salina Cruz: historias que se van con la demolición

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25/10/2017
06:02
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Hace una semana fue demolida la casa de mis padres en Salina Cruz. Fue el saldo del terremoto que azotó el Istmo de Tehuantepec el pasado 7 de septiembre. Mi madre falleció un mes antes. Ella se fue como contando 30 días antes de ese evento natural que nos marcó para siempre. La planta baja recibió todo el daño estructural. Dos plantas más le sobresalían a esa casa donde transcurrieron encuentros que ahora nos recuerdan el esfuerzo de mis padres para obtenerla. El día de su derribo, mi padre se agarró estoicamente de su integridad para soportar los días de gloria que le ciñeron a esa casa su destino inusitado. Nadie hubiera pensado que terminaría así ese bien preciado para la familia.

Todo cobra sentido, ahora. Su demolición tuvo que ser en octubre, fecha que pertenece a esta familia como signo distintivo. Hace algunas décadas nace su primogénita y mis padres arrancaron su idílica vida en una fecha exacta al nacimiento de quien encabezaría su prole: 2 días después de su demolición. Mi madre, de vivir, no resistiría la tentación de encomendarle los escombros a sus seres divinos, esos seres que pertenecieron a su vida indígena. Hablaría su lengua, idioma que sólo interpretaría mi padre; vedado para el resto de su familia. Nunca nos lo enseñó y ahora nosotros pagamos la factura de la desindianización.

Por la parte externa, esa casa tenía una escalera de caracol, desde donde a ratos deslizaba en segundos mi humanidad por entre sus peldaños. Esa travesura era el terror de mis amigos de secundaria que no lograban superar el vértigo que traía aparejado el maniobrar a la altura de un tercer piso. Esa casa nos ceñía a la vida como sus aventuras contadas. La vista desde la azotea del tercer piso era magnífica. El mar se captaba con nitidez. Esa casa se encontraba a escasos metros del malecón. De seguir en línea recta hacia el mar, llegaría al muelle pesquero, travesía que de niño realicé en algunas celebraciones del Día de la Marina. La dársena podría contarse en sus partes seccionadas desde la magnificencia con que nos complacía la altura de la casa de mis padres. El astillero a la derecha. Frente a él, el muelle que atracaba barcos petroleros, para terminar el recorrido de la dársena con el muelle fiscal. En algunas ocasiones desde la azotea de esa casa, siendo un escolar en transición de la primaria a la secundaria, pretendí saludar a mi papá que maniobraba en el muelle petrolero. Lo recordaba de una foto, parado sobre el muelle, viendo cómo se las arreglaban sus operarios en un buque tanque petrolero.

A mi madre la capté más de una vez en la cocina de aquella casa derruida, dominando las legumbres o sentada frente a la tele. Hasta los últimos días, la televisión la apasionaba por las tardes. Tardes de pan de su pueblo y amplias tazas de café. Su risa o su cara expectante no la puedo olvidar. Al pie de esa casa la celebración de su virgen mágica nos recordaba que ya estábamos en diciembre. Fiel a esa celebración esa casa retumbaba con los sones que orquestas le rindieron como honor durante el “baile velorio”, todos los años. La virgen de Guadalupe fue su pasión. La capilla que ahí existe para celebrarla, es un afán inquebrantable de mi madre por no olvidarla nunca. Su campana la despidió aquél 9 de agosto. En vida, ella mandaba avisar con los campaneros asignados (uno de ellos es mi papá) en toque de responso que había un fallecimiento en el perímetro.

Los nietos albergaron esa casa como propietarios natos. Decían que era su casa y que no habría poder humano que los pudiera relevar del cargo. Conocían cada escondrijo para pasar inadvertidos. Corrían sobre sus confines con precisión. Entre planta baja y la que le sigue, una escalera externa. Entre segundo y tercer piso, una escalera interna. Sus pies eran una suerte de dios Argos y su gracilidad una suerte de poder ubicuo. Hace unos días recordamos a uno de ellos, que de vivir, hubiera cumplido el 21 de octubre 34 años.

Esa casa recibió a muchas amistades de sus hijos. Estudiantes que llegaron para residir algunos días en temporadas de vacaciones o haciendo residencia profesional. La habité por última vez de 2002 a 2004. Mi habitación miraba hacia el cerro próximo. Cerro cuyo cimiento de piedra no dañó casas. Esos benditos cerros salvaron a Salina Cruz. Vivir en las zonas bajas fue donde se rescoldó el efecto del sismo de magnitud inusual en la zona. La casa de mis padres fue seleccionada para perecer, si a alcances tiránicos de la madre tierra nos atenemos. Ya no existe más. Fue el pensamiento grande de mi padre que hace unos días en un restaurante me contó desgarradoramente: “debí hacerle caso a tu mamá, no debí insistir en que se levantara un tercer piso”.

Twitter: @JNMIJANGOS

http://jnmijangos.blogspot.mx

 

 

Noé Mijangos

Licenciado en Derecho por la Facultad de Derecho de la UNAM. La profesión periodística la ejerce desde hace dos décadas en diarios estatales de Oaxaca. Profesor universitario con larga experiencia en temas sobre democracia, elecciones, opinión pública y acceso a la información. Citadino por devoción, provinciano por vocación.

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