“El pueblo de México es muy amoroso” señalan migrantes

Tras 6 días de caminata, algunos se han rezagado y otros, desistido
Felipe dice que lo que trae en su maleta es todo lo que posee. Foto: Roselia Chaca / EL UNIVERSAL
04/11/2018
06:00
Juchitán de Zaragoza, Oax.-
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La maleta negra con ruedas la viene arrastrando con poca fuerza sobre la calcinante carretera Panamericana. Son las 12 del día del 30 de octubre. En el cruce que hace con la vía 185 Transístmica, la que une dos océanos, Felipe Cruz se detiene cansado y  trata de mitigar el calor y la sed.

Su cara fibrosa la cubre con una gorra, es uno de los pocos rezagados de la primera caravana que llegó a territorio oaxaqueño, la maleta le dificultó tomar  raite en las plataformas de los tráileres y las pipas, como el resto de los hondureños que viajan ligero, así  que optó por pagar el servicio de transporte público desde Niltepec hasta La Ventosa.

Asegura que siempre es de los últimos en llegar a los albergues, pero llega, más cansado que los que cargan mochilas al hombro, pero lo que trae en la maleta es todo lo que posee y no lo pudo dejar en su país, así que se aguanta y lo arrastra consigo.

Esta es la cuarta vez que llega a México, las tres primeras lo deportaron, espera que la suerte esté de su lado en esta ocasión, así que camina confiado por territorio mexicano bajo el respaldo de la caravana.

Felipe pidió asilo político a México porque en su país salió huyendo ante las amenazas de muerte de parte de los asesinos de su antiguo patrón, ya que lo relacionaron con él por trabajarle por muchos años su finca. Él se dice inocente, pero para no arriesgar su vida mejor se sumó a la caravana y busca atravesar la frontera norte.

“Aquí andamos, perseguido, amenazado, pero con la esperanza de llegar a cruzar. El pueblo de México es muy amoroso y nos ha dado cobijo, no sé cómo pagarles, sólo portándome bien y no hacer ningún daño”, dice el hombre  mientras se dispone avanzar 14 kilómetros más arrastrando su maleta hasta el albergue de Juchitán. 

Deportado

Daniel Cruz se forma con otros 30 hondureños, su rostro no refleja preocupación, un poco de cansancio y hartazgo, pero no miedo. Al fin, después de un mes de deambular por Chiapas y caminar por territorio oaxaqueño, se regresa deportado a su país por el Instituto Nacional de Migración (INM), voluntariamente.

 “Voy sólo y eso es difícil, es cierto somos muchos, pero yo siento que estoy solo, extraño mucho mi gente, además no llevo dinero, así que mejor aprovecho ahora que hay bus gratis”.

Antes de subir, Daniel preguntó al delegado de migración si en algún momento se arrepienten pueden bajarse del autobús, el funcionario le respondió que sí; todos se tranquilizaron y subieron hacia la garita.

Como él, otro 500 migrantes fueron asistidos por el INM  para su repatriación, principalmente por cansancio, problemas familiares en su país,  porque extrañan a sus hijos o porque están lastimados  de tanto caminar, dice el Grupo Beta Istmo.

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