Sepultureras que limpian huesos

Agustina y Alma se encargan de exhumar y asear restos en el Panteón San Rafael; le temen más a los vivos que a los que ya no están aquí, dicen

Agustina y Alma vienen de familias que por varias generaciones se han dedicado a limpiar los panteones, aunque confiesan que de niñas les daba pena decir a qué se dedicaban sus madres. Fotos: Agustín Salinas / EL UNIVERSAL
Nación 04/11/2018 19:45 Karla Rodríguez Ciudad de México.- Actualizada 19:46

Agustina Ruiz y Alma Rojo, sepultureras en la Ciudad de México, aseguran que les temen “más a los vivos que a los muertos”, porque después de trabajar por más de ocho años en este oficio se han acostumbrado a estar entre los difuntos del Panteón San Rafael, en la alcaldía Álvaro Obregón.

En este cementerio, donde hace unos meses fueron encontradas fosas prehispánicas, ambas mujeres se dedican a limpiar tumbas, cavarlas e incluso exhumar y limpiar cadáveres que cumplieron su plazo  dentro una fosa.

En el panteón construido a principios del siglo pasado, en el que se filmaron películas de El Santo, Agustina Ruiz recuerda que heredó este trabajo de su padre. Desde niña, dice, ha visto la muerte como algo natural y durante el tiempo que ha laborado ahí nunca la han espantado; por el contrario, ha hecho lazos de amistad con familiares que visitan a quienes yacen en el cementerio.

Cada día de labor las sepultureras se equipan con sus herramientas de trabajo: palas, picos, escobas, guantes y gorras para que el sol no castigue su rostro durante la jornada.

“Lo más difícil en este trabajo son los sepelios, porque no quisiéramos estar en los zapatos de los familiares que vienen a enterrar a sus seres queridos”, dicen, y señalan que pese al esfuerzo físico que implica bajar un monumento de mármol o de piedra, quitar una lápida e incluso cavar una tumba, nada es más difícil que ver el dolor de las familias al enterrar a sus muertos.

Orgullosas, narran a EL UNIVERSAL que el trabajo ha sido realizado por varias generaciones, por lo que uno de sus hijos ya tiene pensado continuar con el legado familiar. Sin embargo, cargando su inseparable pala, Alma relata, entre bromas, que cuando eran pequeñas ella y sus hermanos mentían acerca del empleo de su madre, porque los avergonzaba.

“Cuando estábamos chiquitos nos preguntaban: ‘¿En qué trabaja tu mamá?’; yo decía: ‘No, pues es secretaria’. Nunca les decíamos que trabajaba en el panteón, nos daba pena decir la verdad..., es que es algo raro, es un trabajo que se relaciona con la muerte”.

Ahora, asegura que se siente feliz de ser una de las pocas mujeres que se dedican a sepultar, ya que muchas de las que laboran en el mismo panteón no se dedican a exhumar, tarea que consiste en enterrar un nuevo cuerpo en donde ya hay alguien más, pero sólo si esta persona es parte de la familia se guardan los restos en bolsas o bien en costales y se depositan en la nueva caja.

“Nos toca limpiar, separar huesos, materia en general. Nos toca quitar ropa, todo eso va a la basura, así como lo que queda del ataúd. Hay que sacar al difunto de la caja y limpiarlo. En este proceso hay personas que desean estar presentes y ver a sus familiares. Es, por así decirlo, ver y estar con sus seres queridos de nuevo”.

Por el horario en el que laboran, Agustina afirma que no les ha tocado presenciar alguna situación fuera de lo normal, pero aseguran que les toca ver a personas que van con “intenciones extrañas”, ya que pintan las lápidas y caminos del panteón con símbolos reconocidos del satanismo.

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“La semana pasada vino un hombre bien vestido, llegó con una cazuela en las manos, pensábamos que iba a reunirse con su familia dentro, porque hay grupos que se reúnen para festejar cumpleaños con sus difuntos, pero vimos que tenía un comportamiento extraño.  Decidimos seguirlo y descubrimos que en la olla llevaba un becerro muerto y destazado que en las patas tenía zapatos de hombre”.

A pesar de estas situaciones, Agustina cree “que hay que tenerles más miedo a los vivos que a los muertos (...) Aquí estamos de lo más tranquilas y seguras”, afirma entre risas.

Las sepultureras aseguran que lo que más disfrutan de su trabajo es el contacto con la gente que asiste a visitar a sus familiares, debido a que, aseguran, las reconocen por el esfuerzo y la manera en la que desempeñan sus labores, lo que  las motiva a mejorar día con día su labor en el cementerio.

“Con las personas que visitan a sus familiares en este panteón hemos creado lazos de amistad, ya nos conocemos y siempre nos encargan a sus muertitos. Nos hablan con mucha familiaridad, por nuestros nombres, porque saben que nos esmeramos en hacer que el lugar en el que reposan sus parientes esté en buenas condiciones”, dice Agustina.

Al salir del cementerio, ambas hacen “su segundo trabajo”, como ellas lo denominan, se dedican también a las labores del hogar: limpian, cocinan, ayudan a sus hijos con las tareas y luego se preparan para días tan importantes y con mucha afluencia de gente como son las festividades de Día de Muertos.

“Sin duda, estos días de finales de octubre, el 1 y 2 de noviembre son los días más movidos para nosotras, porque mucha gente desde temprano viene a visitar el panteón, lo que significa que mi compañera y yo tendremos mucho trabajo, pero no importa, nos gusta nuestro trabajo y más si somos reconocidas como las únicas panteoneras de México”.

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