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Postales de Juchitán, un año después

Vivir en Juchitán es hablar español matizado de zapoteco. Es convivir con los sismos para decir: “¿tembló, verdad?”, porque los sismos “normales” siempre fueron parte del paisaje en esta ciudad
23/09/2018
07:00
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Ubicada a 18 metros sobre el nivel del mar, la ciudad de Juchitán, Oaxaca, tierra de la cultura zapoteca, perdió un tercio de sus viviendas durante el sismo del 7 de septiembre de 2017, la mayoría de sus templos, dos tercios de sus escuelas y todos sus hospitales. Esta crónica recoge las voces de los damnificados de esta ciudad del Istmo de Tehuantepec, quienes no sólo son testigos del colapso de sus casas, sino de sus lazos comunitarios. Toda una forma de vida, una cultura en el más amplio sentido del término, zozobra frente a la abulia, la corrupcción y la incapacidad de autoridades municipales, estatales y federales

POR LUIS MANUEL AMADOR

Mi deuda es múltiple: agradezco infinitamente a Mariana Cantú, Gubidxa Guererro, Carmen Hernández, Rodrigo Tadeo López, Jorge Magariño, Diana Manzo, Francisco Noriega, Roselia Orozco, Antonio Osorio, Irma Pineda, Francisco Ramos, Juquila Ramos, Patricia Rea, Carlos Sánchez, Gabriela Sánchez, Natalia Toledo, y a todas las personas gracias a cuyas experiencias y observaciones generosas, humanas, pude encontrar los puentes y las señales para urdir estas líneas.

Una ciudad

Vivir en Juchitán es hablar español matizado de zapoteco. Es convivir con los sismos para decir: “¿tembló, verdad?”, porque los sismos “normales” siempre fueron parte del paisaje en esta ciudad de cien mil habitantes en el Istmo de Tehuantepec. También aprendimos que forma parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, la franja de mayor actividad sísmica del planeta. 18 metros sobre el nivel del mar, vientos volcadores de tráileres a orillas de carretera, el mismo viento seductor de empresas eólicas maestras de la usura. Primer municipio mexicano donde triunfó la izquierda, reducto de los desastres: en 1850, de un incendio provocado por la Guardia Nacional instruida por Benito Juárez; en 1866, abrasado en la batalla de franceses y conservadores en el Segundo Imperio; en 1871, incendiado por Félix Díaz, defenestrador de la efigie de San Vicente Ferrer, santo patrono de la ciudad; en 1911, en la insurrección del caudillo Che Gómez bajo el gobierno de Juárez Maza; en 1968, arrasada por la inundación que socavó las casas en una demoledora Venecia de lodo; en septiembre de 2017, fracturada por el espasmo de tres terremotos.

Dimensionar

Imaginemos un sismo que dejara a la Ciudad de México sin un tercio de sus viviendas, sin uno de cada dos mercados, sin la mayoría de sus templos, sin dos de tres escuelas, sin museos ni hospitales en pie; un escenario que quebrantara de tajo la solidez arquitectónica del paisaje: la basílica de Guadalupe, la Torre Latinoamericana, el Palacio de Bellas Artes, el estadio Azteca… Un escenario indeseable. Pero la imaginación —decía Bertrand Russell— se asoma al infierno y no se asusta. Sólo propongo dimensionar el tamaño del acontecimiento.

Edificios, empeños

“Un año después y no veo que haya nada en este edificio, símbolo del poder en Juchitán. ¿Por qué no hay ningún trabajo?” pregunta la periodista Denise Maerker a Gloria Sánchez, presidenta municipal, frente al otrora palacio municipal derruido en un tercio de su longitud, con múltiples fracturas sostenidas por polines que apuntalan el edificio desperezados como palillos chinos. “Porque no hay un plan de reconstrucción…” responde la funcionaria. Desde la medianoche viralizada en que Ángel Sánchez puso una bandera sobre los escombros, el palacio municipal ha aguantado en pie sin haber sido reparado, cual polvorón paciente bajo la intemperie. Junto al palacio, el Mercado municipal 5 de septiembre que, sostienen varios locatarios con temor y algunos especialistas con conocimiento, debió haber sido demolido, no reparado, por el nivel de daños que sufrió. Sin embargo, su rehabilitación está en manos de Hábitat para la Humanidad, por un acuerdo entre Fomento Social Citibanamex, Fundación Alfredo Harp Helú, Fundación CocaCola y Fundación Televisa, quienes aportaron 32 millones de pesos. Mientras se redacta esta línea, registra un avance del 25 por ciento.

El Hospital General Macedonio Benítez Fuentes daba servicio a la región y también colapsó. Registra un avance de 70 por ciento en manos del Ejército, aunque eso no considera su equipamiento. El histórico Centro Escolar Juchitán, que mira de frente las canchas que dan de lado al tempo principal, es la única escuela reconstruida, mientras cientos de planteles siguen esperando.

No hay plan de reconstrucción oficial

El parque central devino improvisado mercado y sus alrededores. Acoge el caos de puestos hechizos de madera, resueltos por el apremio de sus locatarios. Conexiones eléctricas expuestas, sin pertinencias salubres. La madrugada del pasado 13 de julio, un incendio causado por una falla eléctrica consumió 83 comercios de plásticos, frutas y legumbres. No hay fecha precisa para la reapertura del mercado. Tampoco garantía de que el palacio municipal sea intervenido en la presente administración municipal pues, dice la autoridad, no es competencia suya. El templo principal, dedicado a San Vicente Ferrer, continúa semiderruido. Luce una férula metálica empeñada en que el único campanario sobreviviente no caiga, mientras el INAH resuelve la reparación del palacio y el templo, sigue en el polvo la explanada de la emblemática Casa de la Cultura de Juchitán (Liidxi Guendabiaani). Cuesta creer, ante la escena de ruina y abandono, que este lugar ha sido clave del prestigio cultural de Oaxaca. ¿Cuántos recuerdan los empeños que Francisco Toledo y otros juchitecos, mexicanos del mundo, pusieron en estos corredores hoy despedazados, como germen del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, de la Colección José F. Gómez, del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo? ¿Somos conscientes de que este lugar apuntaló la reputación de los acervos, publicaciones, colecciones, obras de arte, de buena parte del presente oaxaqueño y mexicano?

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Exilio interior

La casa donde vivió Juquila con su familia la levantaron de barro los bisabuelos de su esposo a principios del siglo XX. Se mantuvo en pie hasta la inundación de 1968. Na Linda, su suegra, heredó el predio. Con sus ahorros de maestra logró levantar ladrillo a ladrillo, varilla por varilla, bulto de arena tras bulto de arena, una casa “de material” de tres pisos para heredarla a sus hijos. Tres décadas de trabajo en un hogar de cuatro generaciones. Recinto hospitalario que recibió a amigos del pueblo y visitantes de fuera. En la sala hubo un mural plagado de vegetaciones, de pájaros y otras especies que extendía su follaje en las manos de Ta Goyo, su suegro. Fue un amigo artista quien dio los primeros pincelazos para agradecer la hospitalidad de la familia, sin imaginar que esa naturaleza se extendería con los años. Había hamacas en la sala, sonaban guitarras y se cantaban canciones en español o en zapoteco, se conversaba del mundo hasta la madrugada. Hace más de veinte años pisé la casa por primera vez. Na Linda me invitó café con pan. Si en una casa juchiteca te ofrecen café con pan estás siendo parte del ritual que significa que serás siempre bienvenido. Los años transcurrieron en calma hasta la noche del 7 de septiembre. Se fracturó la casa, se fragmentó la familia entera. Hubo que demoler lo que quedaba en pie en ese hogar en Callejón de los Leones del barrio Guendalisaa, que significa “hermandad”, y que bien pudo ser el nombre de la casa. Un año después, queda un terreno baldío. Los hermanos se dispersaron para sobrevivir por su propia cuenta, cada uno en sus pesquisas. Juquila, su esposo y su hijo viven expatriados en un pequeño pueblo a varios kilómetros donde habitan un hogar de adobe vigilado por un árbol de mango desde donde se escucha el rugido del mar.

Confusiones

Mariano Martínez es albañil. Tiene 65 años. Colapsó la casa que él mismo levantó en un predio de 15 por 17 metros en el Callejón del Encanto, cerca del campo Neza Guete, en el barrio Séptima Sección. Vive solo. Salvó la vida porque esa noche trabajó de velador en la radio comunitaria. Sus hijos emigraron al Norte. Hace años que no sabe nada de ellos. Esperanzado en que regresaran a verlo o se comunicaran, han transcurrido los días hasta la fecha. El día del primer censo Mariano estaba trabajando y no tomaron los datos de su casa. Supo que SEDATU había instalado una mesa de registro, en la que presentó su caso. Luego de varias vueltas, llegaron a su predio para foliarlo mal, pues a su pérdida total la registraron como daño parcial. Descubrió después que el dinero de sus tarjetas se lo dieron a una persona de nombre “Mariana”, con sus mismos apellidos. “La persona ya retiró todo tu dinero. No podemos ayudarte. Tal vez te podamos dar lo que le tocaba a ella”, le dijeron, y le rogaron que no volviera porque “les causaba pena”. Estaba perdiendo la vista. Con ese poco dinero, y con lo que le ofrecieron por la mitad de su predio, decidió operarse los ojos. Ahora ve mejor. No es fácil conseguir trabajo a su edad, dice. Tampoco tiene herramienta para trabajar porque la sustrajeron de su lote baldío, sobre el que logró levantar unos castillos que le sirven de resguardo y apoyo a las lonas o a las placas de caucho que le dieron en la radio comunitaria, y que pone para protegerse de la intemperie. En la radio a veces lo apoyan con lo que pueden. Sigue esperando, pero siente que cada día con menos ánimos.

Sin cuarto propio

Hacía pocos días que Carmen Hernández había vuelto de Ciudad de México tras la operación de cataratas. A sus setenta años, dijeron los médicos, no recobraría totalmente la vista, pero los lentes intraoculares le ayudarían a ver mejor. Le advirtieron que ya no trabajara cerca del fuego o se agravaría. Vivía en una casa antigua de tejas en la calle Guadalupe Victoria, en el barrio Cuarta Sección, donde vendía tlayudas y cenas por las noches. Estaba en la hamaca cuando comenzó el sonido y luego a temblar. No pudo moverse. Su nieto la arrastró para salvarla, a pesar de los golpes que sufrieron mientras la casa se derrumbaba. Gabriela, su hija, estaba en el restaurante donde trabaja de cocinera. Una vecina les dio albergue mientras lograban el apoyo de las tarjetas. Recibieron despensas en los días que siguieron. Foliaron las ruinas de su casa como pérdida total, y parte del dinero se les fue en pagar las incursiones para demoler, a máquina y también a mano, para que la casa contigua de la vecina no se dañara. Con el apoyo de Bansefi compraron material que resguardaron lo mejor que pudieron en el terreno baldío mientras comenzaban a construir. Un día se puso grave y la hospitalizaron. Cuando le dieron de alta, volvió al terreno y ya se habían robado todo el material. De las toneladas de varilla sólo dejaron unos pedazos. Gabriela ha doblado turnos de trabajo para conseguir un poco más de dinero, lo que les permite rentar un cuartito en otra colonia. A veces llora para que su mamá no la vea, dice. Ha pensado en irse a Estados Unidos. No tienen más familia para apoyarse que quienes viven en ese cuarto rentado.

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Lavadora y paciencia

Rosa Magariño estaba con su nieto en la casa cuando de pronto creyó escuchar el ruido fuerte de la lluvia. Luego vinieron el temblor y las paredes que se tambaleaban, las tejas, las tablas, los morillos, las vigas largas que comenzaron a caer y bajo los cuales quedó sepultada. La suerte quiso que el triángulo salvador o el milagro fuera el de la lavadora sobre la que cayeron las vigas y parte de los muros. Gritó, pero bajo los escombros no la escuchó nadie. La sacaron después entre varios vecinos. En esa casa que ya no existe nacieron ella y sus siete hermanos. En 2019 cumplirá noventa años. Foliaron su predio, le dieron las tarjetas, le ofrecieron varias empresas edificar su nueva casa en menos de un mes, pero ella dijo no. Rosa forma parte del barrio Guendalisaa, que se organizó para armar un proyecto con arquitectos locales en colaboración con la junta de vecinos, que trabajan con el Comité Melendre en la búsqueda de financiamientos que eviten que los vecinos se endeuden y les permita comenzar en los próximos meses con la construcción de casas dignas adaptables a las familia y que tendrán el doble de tamaño que las que ofrecen las empresas constructoras que levantan casas a destajo.

Los niños y los otros

El 8 de septiembre, Suarte Noriega asistiría a un festival de grafiteros en Ciudad Ixtepec donde estarían varios artistas. Cuando comenzó a temblar, pensó que era “un temblor normal”; luego, sintió que había llegado el fin del mundo y sacó a su familia de la casa. Cuando pisó el callejón Albino Jiménez había cesado el terremoto, pero él seguía temblando con su hijo en brazos. Escuchó el crujido de la ciudad, las sirenas, los quejidos de los vecinos a un lado, en la casa de tejavana en escombros que una mujer había prestado a una familia joven. La mujer que pedía auxilio casi inaudible estaba bajo sus pies. Los vecinos retiraron escombros, cascajo, la sacaron del polvo, sobreviviente. Pereció su familia entera. “Jamás podré borrar ese momento de dolor”, dice Suarte. Los vecinos del callejón velaron a los muertos a oscuras. Los días siguientes, con lo que tenía a mano, armó talleres de pintura para los niños del barrio; buscó amigos que trabajaban de payasos para entretenerlos, consiguió pinturas y papeles. Con las escuelas colapsadas y los niños sin casa se juntaban en los callejones. Ayudaba cargando provisiones en una de las cocinas comunitarias que Francisco Toledo instaló en el barrio. Un año después, “muchos niños y familias se fueron a otra parte, se desligaron los vecinos, se rompieron muchos lazos que el tiempo construyó. Y hay que empezar de nuevo”. Sigue dando talleres gratuitos a niños del barrio. Su mamá, de oficio panadera, vendía unos buñuelos del Istmo que llaman regañadas. Tenía un horno en su casa de la colonia Colosio, pero se destruyó en el terremoto. Ahora, en un fogón sobre la tierra prepara comida, aunque no tiene espacio para comer ahí. Vuelve al callejón, recuerda que donde la familia murió ahora fue levantada una galera. Un año después, pusieron flores. Llegaron de lejos hombres con motos a velar y rezar. Los vecinos también rezaron y velaron con ellos.

Ramificaciones

“Di talleres de pintura y escritura a niñas y niños después del terremoto”, dice Rodrigo Lolo. Cerca del lugar donde trabajábamos había una ceiba. Aprovechamos su presencia para conectar con narraciones de la naturaleza, contar relatos de aparecidos y nahuales. Algunos adultos propusieron cortarla. Los niños se opusieron y dibujaron junto al árbol casas fracturadas, repetían palabras cuyo significado antes desconocían: epicentro, réplica, escombros, colapsar, ruina, cocina comunitaria. Con el tiempo fueron dibujando personas que se abrazan, niños que se cuidan entre ellos, familias en los albergues, filas para comer a la sombra del árbol. Leímos con ellos el “Romance sonámbulo” de Lorca. Renombraron algunos verdes con los que pintaban: verde arroz, verde atole, verde lona. Se siguieron jugando así con otros colores. También inventaron una línea de tiempo como la era cristiana para contar sus historias: “A. T.” y “D. T.”, antes y después del terremoto, porque eso cambió su lectura del mundo, su forma de recordar y de contar lo que recuerdan. Cuando yo era niño como ellos, dice Rodrigo, imaginaba que “rascacielos” era, por ejemplo, la enorme casa de dos pisos de Na Manuela Cortés, nuestra vecina. Esa casa ya no existe como la recordaba. También se cayeron muchas edificaciones, lugares que para mí fueron el mapa para orientarme. También de adulto hay una sensación de haber perdido el rumbo sin esos lugares. Colapsaron los edificios y colapsó el subsuelo, repite Rodrigo. El drenaje de la ciudad se reventó con el terremoto y con el paso de la maquinaria que llegó después y ahora mientras algunas casas se levantan también se eleva la podredumbre de las aguas negras por la ciudad.

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Infame S. A.

El 11 de septiembre de 2017, Alejandro Murat, gobernador de Oaxaca, declaró en medios: “Hay un seguro que tiene el Gobierno federal que nunca se ha utilizado…, sólo se puede utilizar cuando se superan los 8 grados Richter. Este seguro es de 150 millones de dólares”. Son incatalogables los agravios. Muchas personas siguen sin ingresos. No han logrado levantarse de la ruina sus centros de trabajo o los comercios que tenían en sus casas; tampoco han logrado reconstruir lo perdido. Muchas familias creyeron encontrar intermediarios confiables para reconstruir sus casas y terminaron estafados. Siguen en el desamparo y enfrentan, como denunciantes, trámites imposibles. A quienes obtuvieron las dos tarjetas de Bansefi: una con 90 mil pesos para erogar en las tiendas de materiales de construcción; otra, con 30 mil con efectivo destinado al pago de trabajadores. Las tiendas incrementaron los precios, entregaron a destiempo, o no entregaron nunca. Muchos trabajadores de la construcción duplicaron el costo de sus jornadas ante la evidente demanda. Varias tiendas recibieron el pago de las tarjetas y desaparecieron.

Casi medio centenar de familias entregó sus tarjetas al exdirector de obras públicas del Ayuntamiento, Felipe Valdivieso Rasgado, representante legal de Fevara Construcciones S. A. de C. V. Cientos de familias más las entregaron a las empresas Construcciones Hiram Habif, Constructores Fundación de Asistencia, Corgua S. A, de C. V., Dignificación Humana, Edificaciones e Infraestructura Ortiz, S. A. de C. V. y Solana Ingenieros S. A. de C. V., entre otras constructoras que ofrecieron reconstruir casas. Todas las familias fueron estafadas. En las constructoras, nadie responde.

Eso que no existe

Según la doctora en antropología Patricia Rea, “es importante tener claro cómo funcionaba la dinámica económica, social y cultural de las personas adultas mayores en el Istmo de Tehuantepec antes de los terremotos. Si bien la globalización, la modernidad y el sistema neoliberal habían provocado cambios en los roles y patrones socioculturales que los abuelos y las abuelas venían desempeñando durante los últimos tiempos, existía cierta certeza sobre el transcurrir de la vida cotidiana, el desempeño de los oficios tradicionales, la participación protagónica en las fiestas, la contribución a la economía comunitaria, la importancia de la solidaridad, la fraternidad, la reciprocidad, el prestigio, el status, el honor y esos signos identitarios. Después del terremoto del 7 de septiembre su identidad étnica y cultural se transformó. A los niños de hoy les tocará reconstruir la abuelidad que se fragmentó, su labor será hacerlo con la marca que el terremoto dejó grabada en sus memorias”. Los ancianos han sido una figura investida de autoridad, de sabiduría; son los conocedores de las tradiciones, los albaceas de los rituales, los pescadores, los hacedores de hamacas, los curanderos, los campesinos; las mujeres mayores detentan posiciones de autoridad y de prestigio: oficiando como parteras, rezadoras, curadoras, comerciantes. A diferencia de lo que sucede en otros ámbitos más urbanos, en el Istmo de Tehuantepec, cuando las personas envejecen suelen seguir trabajando sin que se advierta un déficit de su ánimo, pues el trabajo los conecta socialmente en una trama que se nutre de la vida en comunidad. No hay un periodo de “jubilación” o de “descanso”, asociado con esa perspectiva más bien agonística y decadente de la última etapa del ciclo de la vida que hay en las grandes ciudades.

Los sismos de septiembre dejaron en Oaxaca casi un centenar de víctimas. La mayoría de ellas pereció bajo los escombros o camino a los hospitales que, como el de Juchitán, quedaron en ruinas. Las estadísticas toman nota de los sucesos al consignarlos y devienen numeralia, documento. ¿Cómo registrar la mortalidad de quienes perecen gradualmente diezmados por la desgracia?: quienes se quedaron solos, aquellos que lo perdieron todo, los que vieron sepultadas las formas de ganarse el pan y no podrán recuperarse nunca porque ya no tienen la misma fuerza de antes o presienten que no les queda tiempo; los que, octogenarios, se rehusaron a abandonar las casas en ruinas donde nacieron y fueron levantadas por sus abuelos. El cambio repentino de sus circunstancias vueltas adversidad o resoluciones imposibles que los convierten en refugiados en su propio pueblo, destinados a padecer a la intemperie, ha propiciado el acelerado deterioro en la salud y el ánimo de su humanidad, transcurrido un año de los terremotos, ahora sin casa. “Una casa —como dice la poeta Natalia Toledo— es un pensamiento, y en esas casas se hablaba zapoteco, que tiene que ver con una manera de vivir, de ser. Eso que ya no existe”.

PIE DE FOTO: “Los sismos de septiembre dejaron en Oaxaca casi un centenar de víctimas”. En la imagen, muñecas Tanguyú en el Mercado Municipal 5 de Septiembre de Juchitán, Oaxaca. Francisco Ramos

 

 

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