Por el bien de todos, quedémonos en casa

Ricardo Raphael

Probablemente el día de hoy México rebasará los mil casos de contagio por Covid-19. Se fractura el muro que antes sometía al virus para que se reprodujera lentamente. 

De ahora en adelante la epidemia intentará acelerar su desarrollo. 

Así lo afirman nuestros científicos: el sábado pasado la autoridad sanitaria elevó el tono de alerta y ordenó a la población que se recluya durante el próximo mes. 

Los riesgos de la desobediencia son altos. Si no hiciésemos nada, cada persona infectada tendría, en promedio, capacidad de transmitir el coronavirus a tres individuos por día. 

En estos tiempos graves no es amarillismo hacer matemática: la negación de la realidad podría arrojar 30 mil casos de contagio en unas cuantas semanas. 

Hugo López-Gatell, vocero de la Federación en esta crisis sanitaria, ha repetido sin cansarse que no hay poder humano capaz de detener la epidemia, pero sí podemos administrarla para que las personas que vayan a requerir cuidados intensivos no aplasten las capacidades médicas y hospitalarias del país. 

Si no se respeta la instrucción de los científicos –si las personas no nos aislamos– el actual estado de salud de México profetizaría una tragedia de proporciones incalculables. 

Obesidad, hipertensión y diabetes son los argumentos que deben tenerse en mente para comprender nuestra muy particular realidad. 

A diferencia de otras naciones, el aguijón del coronavirus no solo está lastimando a las poblaciones adultas mayores; la media de edad entre sus víctimas mexicanas ronda los 41 años. 

Esto se debe a que, muy peligrosamente, exhibimos –en simultáneo o por separado– los tres padecimientos citados. 

En efecto, poco más de 40 millones 640 mil personas tienen obesidad, 50 millones 800 mil padecemos hipertensión y, entre 6.5 y 10 millones, son diabéticas. Según los expertos, estas tres condiciones físicas vuelven muy vulnerable a la persona, respecto del contagio y más respecto a la colonización masiva del coronavirus sobre las vías respiratorias y el aparato digestivo. 

En resumen, quienes padecemos obesidad, hipertensión o diabetes no contamos con buenas defensas para librar la batalla. 

México es el segundo país más obeso del mundo y ocupa el sexto lugar en diabetes. También está entre los primeros cinco respecto a la hipertensión. 

Sólo nos superan naciones como China o Estados Unidos, donde el látigo del Covid-19 ha probado ser implacable. 

Aunque sucederá, no es momento para hacer una reflexión de fondo sobre estas condiciones tan desafortunadas en las que nos halla la epidemia: biológicamente nuestra casa tiene techo de paja, mientras los cielos se oscurecen cargados de agua.

 Sin embargo, podemos protegernos quedándonos masivamente en casa para no sufrir al mismo tiempo el contagio entre toda la población. 

Si logramos vivir lo que viene en cámara lenta, el dolor será poco. En cambio, si la crisis toma velocidad vamos a contar una historia muy triste. 

Al menos la mitad de la población mexicana está en situación de riesgo, no solo por el contagio, sino por la probabilidad de que la enfermedad tenga secuelas graves. 

Es por esta razón que debemos limitar nuestra movilidad, para quebrar los puentes que le permiten al Covid-19 desplazarse entre seres humanos. Si somos su vehículo, también podemos dejar de serlo. 

Zoom: como la corrupción que se barre de arriba hacia abajo, la prudencia ha de practicarse en igual dirección. No es fortaleza moral lo que nos hace falta –la población mexicana es fuerte – sino algo mucho más importante: la prudencia moral.

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