Luis es un niño de 10 años que no sabía que unos glaciares de la Cordillera de los Andes en Venezuela, el asteroide 4877 —descubierto el 25 de septiembre de 1973— y un gran cráter de 207 kilómetros de diámetro y 5 mil 160 metros de profundidad que se encuentra cerca de la extremidad oriental de la luna, tienen algo en común con su pueblo, Guevea, enclavado en la sierra mixe-zapoteca de Oaxaca: todos llevan el apellido del naturalista y explorador alemán Alexander von Humboldt.
El niño zapoteca lo supo cuando en la explanada del palacio municipal de Guevea, la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova, el Comité Melendre y las autoridades municipales realizaron una exposición sobre el padre de la geografía moderna universal, que nunca pisó el estado de Oaxaca y mucho menos Santiago de Guevea, pero eso no importó para que, en 1857, México se uniera al reconocimiento internacional del legado del humanista. Como resultado, el presidente Ignacio Comonfort ordenó por decreto la creación de tres ciudades en el Istmo de Tehuantepec, de las cuales una llevaría el apellido del prusiano.
Rasheny Lazcano Leyva, coordinador de Cultura y Edición de la biblioteca, explica que ese decreto no se concretó hasta 1937, cuando un año antes la Sociedad Cultural México-alemana Alejandro de Humboldt le recordó al gobierno su promesa. De acuerdo con documentos del Archivo General del Estado de Oaxaca, se pensó en varios pueblos de la región antes de decidirse por Santiago de Guevea.
“Primero se propuso renombrar al pequeño poblado ferroviario Rincón Antonio. También se consideró a Tequisistlán. Finalmente, por razones que aún no conocemos, se estableció mediante el decreto 64 –emitido por la legislatura oaxaqueña el 20 de abril de 1937– que el municipio zapoteco de Santiago Gueveay su cabecera del mismo nombre serían a partir de entonces llamados Guevea de Humboldt”, explica Michael Swanton, director académico de la biblioteca.
Hermandad. Mientras los niños, jóvenes y ancianos escuchaban y veían la exposición sobre el origen del nombre de su pueblo, a unos metros se celebraba una de las festividades de gran sincretismo religioso que aún conservan Guevea de Humboldt y Santo Domingo Petapa, que durante el año se hermanan en el marco de sus respectivos santos patronos: Santiago Apóstol, el primero, y Santo Domingo de Guzmán, el segundo.
El 24 de julio de cada año, Guevea de Humboldt realiza la ancestral “Recepción”, ritual en el que los hijos de Santo Domingo Petapa llegan hasta el corazón de la Sierra Mixe- Zapoteca para entregar a los pies de Santiago Apóstol seis velas adornadas con flores. Esta recepción que hace el pueblo de Guevea tiene que ver con los orígenes prehispánicos de ambos pueblos.
Y precisamente en el marco de esta peculiar celebración, el Centro Cultural Herón Ríos decidió realizar la exposición sobre Alejandro de Humboldt, para que se diera una conexión entre la herencia histórica que dejó el viajero en libros y documentos, y la herencia prehispánica que también dejaron hasta el día de hoy ven lienzos y la tradición oral los primeros zapotecas.
Las Velas. La recepción de velas es cuando los “dominganos y gueveanos” se convierten en hermanos, pues están unidos en sus orígenes. No hay distinción. En este día no se habla de política, no se habla de pleitos, sólo se convive. Se practica la armonía entre los pueblos.
La visita de ambos pueblos para reforzar la hermandad es ancestral, pero la ceremonia de las velas se remonta a 1934 cuando un grupo de habitantes de Santo Domingo Petapa llegó hasta Guevea con cuatro velas y las depositaron a los pies del apóstol Santiago. Ahora, ya no sólo llegan portando velas los de Petapa, sino que se han sumado otras 15 comunidades que rodean a Guevea.
La celebración comienza desde las primeras horas del día 24 en las casas de la población, cuando los visitantes reciben posada en casa de familiares y amigos.
El recorrido termina en la iglesia, donde depositan todas las velas y las flores. Para cerrar esta actividad el cura oficia una misa en honor al santo y da la bienvenida a los pueblos hermanos. Comunidades originarias que, curiosamente, se postran ante este poblado con nombre de explorador europeo.