Guelaguetza: la fiesta que nació tras un sismo

Surgió para unir a la población tras terremoto, fue impulsada en 1932 para detener la migración

Foto: Archivo / EL UNIVERSAL
Especiales 23/07/2018 09:00 Christian Jiménez Oaxaca de Juárez, Oaxaca Actualizada 17:39

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Ataviada con un vestido de manta blanca,  adornado con un calendario azteca al frente y unas mazorcas doradas en el faldón, la diosa Centeótl recorre la Rotonda de las Azucenas en las faldas del Cerro del Fortín. Es 1938 y la diosa es María Elena Sandoval Martínez Soto, una adolescente de 14 años.

Elenita fue la primera mujer que representó a Centéotl, la diosa a la que se ofrecen rituales para tener una buena cosecha.

En una de las últimas entrevistas que concedió —antes de su deceso en septiembre de 2016—, recordó que portaba un hermoso collar de semillas pintadas en tonos dorados, a juego con sus zapatillas; cursaba el quinto grado de primaria.

La evocación de María Elena se remontaba a los orígenes de este “encuentro racial” que se realizó por vez primera en 1932 y que con los años sería conocido a nivel mundial como Guelaguetza —palabra que en zapoteco significa “compartir”— .

Esta fiesta nació de la necesidad de unir a la población después del terremoto de 7.8 grados en escala de Richter que sacudió al estado el 7 de enero de 1931, asegura Fernando Rosales, director del Ballet Folklórico de Oaxaca y miembro del Comité de Autenticidad.

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Los antecedentes

Fernando Rosales narra que después del sismo, las constantes réplicas llenaron a la población de miedo e incertidumbre; la gente comenzó a vender sus casas y terrenos para buscar otra entidad donde vivir. Para detener este fenómeno, representantes de la sociedad civil, de la cultura y el arte planearon un homenaje a la cultura oaxaqueña, que reforzara la identidad.

En los primeros años, los bailables regionales no eran únicamente  representantes de las comunidades de las entonces siete regiones de la entidad, sino que  participaban también escuelas y grupos de danza contemporánea, así como atletas y artistas.

“Con el paso del tiempo, las actividades se nutrieron y complementaron hasta formar la fiesta de los Lunes del Cerro, que se lleva a cabo en el Cerro del Fortín, lugar que se considera sagrado”, acota.

Al principio,  consistió en concursos de trajes regionales, cancioneros, flores silvestres, adornos y de frutas mejor cultivadas; además, se incluyó una carrera de relevos,  bicicletas, lanzamiento de disco y de bala, y una calenda popular.

Según indica el archivo histórico del estado, así como el libro “Oaxaca 1932, la historia de la Guelaguetza”, la construcción de la carretera a Puebla atrajo turismo al estado, por lo que se diversificaron las actividades. No obstante, fue en  los  cincuenta  cuando se incorporó propiamente la Guelaguetza, como un espectáculo de danzas regionales, que poco a poco se convirtió en la atracción principal.

“Hasta antes de 1973 se realizaba en una gran explanada que rodeaban los asistentes  —denominada Rotonda de la Azucena—, con un templete para los invitados especiales, pero las danzas y bailables se presentaban al aire libre. Posteriormente, se empezaron a colocar gradas de madera”, refiere el sitio Cordón Cerrado.

En 1969, el entonces gobernador Víctor Bravo Ahuja planeó la construcción de un foro para conmemorar la festividad, que fue inaugurado el  3 de noviembre de 1974, durante la gestión de Fernando Gómez Sandoval. Como parte de la inauguración, se representó la Guelaguetza a cargo de grupos folclóricos universitarios; el nombre de Auditorio Guelaguetza fue impuesto en 1999, durante la administración de José Murat.

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Evolución inevitable

Tras la incorporación del programa de bailables a la festividad se adquirió la costumbre de “subir al cerro” para disfrutar de la Guelaguetza.

Aun cuando en los primeros años la popularidad de la fiesta fue creciendo paulatinamente, el espectáculo era disfrutado en su mayoría por familias locales que, desde las primeras horas del día, acudían a participar de la fiesta en torno a la cual también se realizaban actividades comerciales.

La fiesta duraba medio día y durante ésta las familias convivían, comían,  compraban y compartían en medio de un espectáculo gratuito. La modernidad, la  popularidad de la fiesta y la oportunidad de crecimiento económico terminaron por imponer un precio para el acceso al espectáculo.

En los primeros años, parte de la responsabilidad de coordinar la fiesta recayó en la Asociación Folklórica de Oaxaca, que apoyaba la realización de actividades culturales en la capital del estado. Con el paso de los años, el grupo de expertos se transformó en el Comité de Autenticidad, conformado por 10 especialistas en danza que viajan, con autoridades locales, a las  demarcaciones donde hay aspirantes a participar.

Este año se eligieron a los 26  participantes de 93 localidades. “Es necesario que la gente se dé la oportunidad de observar las representaciones culturales de otras comunidades que, aunque no sean emblemáticas, tienen mucho que ofrecer”, apunta Rosales.

“La evolución es innegable. A través del tiempo muchas delegaciones han dejado de venir, pero la participación activa de las comunidades, así como la difusión de su cultura es invaluable”, señala.

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Como parte de la evolución de la Guelaguetza, en 2005, durante el gobierno de Ulises Ruiz, se implementó una segunda función que se lleva a cabo desde entonces, cada Lunes del Cerro por la tarde.

En tanto, el auditorio fue remozado durante la administración de Gabino Cué, durante la cual se cambiaron las gradas por asientos, a fin de recibir a 11 mil personas;  se reemplazaron pisos y escalones, y se instaló una velaría que da  sombra al escenario que permaneció por décadas al aire libre.

Aunque la evolución de la fiesta es evidente, para Fernando Rosales, llevar al escenario más representativo del estado muestras culturales de las  ocho regiones  escenificadas con orgullo y que transportan a la realidad cultural de los pueblos indígenas es la verdadera esencia de la Guelaguetza.

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