Matrimonio nguiu: En el Istmo, la unión legal no es prioridad

Es la región con menos solicitudes de bodas civiles entre personas del mismo sexo; las 3 celebradas fueron entre mujeres

Foto: Roselia Chaca / EL UNIVERSAL
Especiales 28/06/2019 17:47 Roselia Chaca Juchitán de Zaragoza, Oaxaca Actualizada 17:50

Roxana García Sánchez recuerda que desde pequeña  siempre vio a   parejas de mujeres llegar a las fiestas de su pueblo, Juchitán. Las más valientes no se escondían a pesar del cuchicheo de la gente,   caminaban del brazo  orgullosas ante los demás. Eso sí, nunca se besaban en público, las muestras de  afecto  se limitaba a “la discreción” de su hogar.

Roxana tiene hoy  41 años y es maestra de Educación Física. La escena que  veía antes  ahora la repite con su pareja, Yadira. No se avergüenzan de ser nguiu —como se le dice en  zapoteco a las lesbianas—, no tienen por qué. Llegan del brazo a las fiestas, bailan y se abrazan. Aunque aseguran  que los tiempos  han cambiado poco,  por eso   se muestran afecto sólo en su espacio familiar, por  respeto a  los que no están preparados para ellas.

Lo más incómodo, dicen estas mujeres zapotecas,  han sido las miradas, el morbo en la calle y en las fiestas, pero en los 12 años de convivencia lo han superado con mucha dignidad y con el apoyo de sus familias.

“Cuando llegamos a las fiestas, lo primero que sentimos son las miradas, esas que se clavan en todo el cuerpo, de hombres y mujeres. Al principio era raro, pero luego me valió. Ahora  con más ganas le digo  a Rox que me abrace, sólo para callarlas”, cuenta Yadira López Pineda, funcionaria administrativa del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos. 
 

  Las lesbianas, agrega Yadira, no se besan en público, “al menos no las mayores. Las nuevas generaciones lo empiezan hacer y creo que eso les ha causado muchos problemas porque nuestra sociedad no está preparada, se asusta, se molesta, falta mucho para que se normalice”.

 El matrimonio  no es prioridad  
A pesar de su vida en común, para Roxana y Yadira el matrimonio no es una prioridad. Esto se repite en todo el Istmo de Tehuantepec: pese a la gran apertura   que se presume existe para  la  comunidad muxe y nguiu, se trata de  la región con  menos solicitudes presentadas ante el Registro Civil de Oaxaca  para contraer nupcias entre  personas del mismo sexo. 
De los 20 matrimonios igualitarios que se han celebrado en la entidad en lo que va del año, sólo uno entre dos mujeres tuvo lugar en el Istmo. Las constrayentes fueron Samantha García y Deyanira Gil. 

Desde 2013, que las parejas homosexuales pueden casarse en Oaxaca, primero mediante amparos, en la entidad suman 34 uniones, 15 de mujeres; de ellas, en el Istmo sólo se han realizado tres bodas, todas entre mujeres. Las pioneras fueron Joani Herrera  y María Teresa Mimiaga, quienes hicieron historia   en  mayo de 2018, al convertirse  en las primeras lesbianas en la región en contraer nupcias. 

La noticia de la boda, que se efectuó en la playa Las Escolleras de la agencia Salinas del Márquez,  se hizo viral por las redes sociales y las contrayentes afirmaron que tras el  trámite en el Registro Civil, sólo les tomó 15 días parecibir la notificación afirmativa.  

Christian Hernández, director del Registro Civil, considera sorprendente que siendo el Istmo la región donde más se ha luchado por el respeto a la diversidad  y la tolerancia a las muxes sea aquí donde  menos se haya solicitado este trámite legal. Y sobre todo  que sea la  comunidad lésbica, menos visible,   la que más pide información y concreta las uniones civiles. 

Como cualquier familia 
A pesar de no contar con un documento que avale su unión, Roxana y Yadira son una familia. Roxana   siempre se identificó más con la masculinidad y desde niña abrazó su  sexualidad nguiu. Dice que desde  muy temprano los suyos la apoyaron,  defendieron y le dieron confianza para defender su identidad,  un apoyo invaluable contra la intolerancia. 
Roxana dice que  el único espacio donde la  ha sufrido  es en el magisterio, por su forma de vestir o su comportamiento varonil, pero ha logrado frenarla. 

En su espacio de trabajo,  Yadira también fue objeto de críticas, pero al ignorarlas, sus compañeros varones  la dejaron en paz y así pudo  concetrarse en lo que de verdad le importa: su hijo de 10 años. 

“Lo que  nos preocupaba era cómo lo iba a tomar el  niño. Con el tiempo él se vino a vivir con nosotras, para mí, él es mi hijo, mis padres lo consideran su nieto. Somos una familia, trabajamos para darle educación. No somos diferente a las demás familia, nos tenemos mucho amor”, dice Roxana. 

  La sopresa más grande, concluye  Yadira, fue cuando su hijo le dijo que él era feliz si ella era feliz.

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