El oaxaqueño que le ganó al racismo en EU

Entre 2010 y 2013, Víctor Pérez, migrante de San Martín Mexicapan que vende elotes en Los Ángeles, se enfrentó al odio y a ataques racistas de una mujer estadounidense
Fotos: Cortesía
12/08/2019
10:00
Janet Mérida
Los Ángeles, California
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Todos los días, Víctor Pérez recorre las calles típicas del oeste de Los Ángeles. Empuja un carrito azul de madera y a cada tanto aprieta una corneta con la que invita a los vecinos —gringos, afroamericanos, latinos, pero sobre todo mexicanos— a comprar un poquito de nostalgia: elotes, esquites  y raspados de a dos y tres dólares. 

Es difícil imaginar que por años, estas calles fueron un infierno para él a causa de una  estadounidense que quería matarlo. ¿La razón?, ser inmigrante y vender elotes en su barrio.

Como a las tres de la tarde, después de andar por la Garth y la Guthrie, Víctor hace parada en la calle Sherbourne. Trae puesta una playera del equipo  Los Alebrijes  y mientras despacha confirma que sí,  es oaxaqueño.

—Uy, si les dijera todo lo que he vivido no me creerían, dice sonriendo.

Cuando dejó San Martín Mexicapan, Oaxaca, en 2008, no sabía qué era eso del “sueño americano”, sólo sabía que ya no le alcanzaba el sueldo como tapicero, que quería que su esposa y tres hijos vivieran  mejor y, tal vez, en algún momento, dejar de rentar y construir una casa propia.

Se armó de valor, besó a su esposa, abrazó a sus hijos, aún pequeños, y se fue de mojado, al igual que los 150 mil oaxaqueños que todos los años dejan la entidad  por falta de oportunidades, según cifras del Instituto Oaxaqueño de Atención al Migrante.

No hubo tiempo para descansos o paseos, al día siguiente de llegar a Los Ángeles comenzó a trabajar, primero como tamalero y luego como dishwasher (lavaplatos), pero lo que ganaba no le alcanzaba para vivir y mandar  a México. Tras mucho pensarlo, se le ocurrió que podía vender elotes, pues por algo  a California le apodan “Oaxacalifornia”; seguro encontraría paisanos con antojo y nostalgia. Buscó dónde comprar elotes al mayoreo, acondicionó un carrito y comenzó el negocio.

—Al principio era extrañísimo para muchos que alguien anduviera en la calle sonando la corneta, pero se fueron acostumbrando. Los primeros días sí batallé. Trabajaba tres, cuatro, cinco horas y no vendía nada porque la gente dudaba  o pensaban que les haría daño, pero después me hice de mis clientes, comencé a acabar todo lo que llevaba y hasta la fecha.

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Todo iba bien hasta una tarde de 2010. Al llegar a la Holt, una mujer alta y  rubia se le fue encima enojadísima. Jamás la había visto y no comprendía casi nada de lo que le decía en inglés, pero supo que el problema era su color de piel y ser migrante.  Lo que no intuyó es que  era sólo el comienzo de un infierno que se extendió  tres años.

—Ese día no había terminado de vender cuando la señora llamó a la policía. Me quitaron mis cosas y me dieron cita en la corte. El juez me dejó libre, pero dijo que ya no podía vender elotes. Salí llorando porque yo no había hecho nada malo y por necesidad le seguí.

Al caminar por las calles del barrio,  Víctor señala las esquinas en las que fue atacado en innumerables ocasiones. La mujer  siempre lo buscaba para insultarlo y luego, llamar a la policía, asegurando  que la había golpeado, que hacía vandalismo, que envenenaba la comida y hasta que había intentado tocar a una niña. 

Ejerció sobre él  una violencia ascendente que pasó de  insultos a  golpes. Un día, por ejemplo, le robó su carrito  y lo escondió en su casa; otro día, se le fue encima con un bate de béisbol. 

Víctor no podía responder a las agresiones ni denunciarlas porque se sabía en desventaja: un migrante indocumentado, un invisible sin derechos  al que podían deportar.

—Me llevó como unas 15 o 20 veces a la corte. Una vez gritó que yo le había pegado y de inmediato llegaron cuatro patrullas y una ambulancia; me pusieron las esposas y, cuando los paramédicos la iban a revisar, ella ya no quiso y comenzó a burlarse de mí.

Con la voz entrecortada, recuerda que lo que lo mantenía fuerte era pensar en su esposa y en sus hijos, que nada sabían de lo que estaba a punto de vivir esa tarde a finales de 2011, cuando  la mujer apareció en una camioneta y se le fue encima para matarlo.

—Me aventó su troka y yo me puse muy mal, se echó de reversa y lo hizo de nuevo, quería matarme. Hasta se ladeó mi carrito, que fue con lo que impactó. Fue cuando la gente se molestó, le gritaron  que por qué hacía eso si yo no le había hecho nada, comenzaron a grabarla y llegó la policía.

Los oficicales, que ya sabían del racismo de la mujer por sus decenas de llamadas, le insistieron a Víctor   que pusiera una denuncia y advirtieron que que si lo dejaba pasar, posiblemente lo mataría la próxima vez. 

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Cuando accedió, le cambió la vida. Le pusieron a un detective llamado Nelson Hernández que se conmovió con su historia y prometió hacerle justicia. Los meses siguientes Víctor no acudió a los llamados de la corte porque nunca le llegaron los citatorios, por lo que cerraron el caso, pero Nelson se encargó de reabrirlo para llevar a juicio a Jenna K., su agresora. La cita final se dio el 29 de enero de 2013.

—Como un acto desesperado, meses antes la gringa me echó a la policía migratoria; una mañana vi que me estaban esperando afuera de mi casa y me espanté mucho, llamé al detective y él me dijo que no me preocupara, que les enseñara los documentos que comprobaban que había un juicio en proceso y que con eso no me podían llevar. Una vecina me ayudó a traducir. Fue así como no me llevaron.

El día del juicio estaba aterrorizado, no sabía cómo iban a acabar las cosas y Nelson le había dicho que llevara absolutamente todas las pruebas del caso, allí se definía si era ella o él.
Además del detective y la abogada de oficio que le pusieron ese mismo día,  Víctor no tenía a nadie. La estadounidense, en cambio, llegó con muchas personas, entre ellas abogados que iban a defenderla. Grande fue su sorpresa cuando aparecieron cuatro detectives preguntando por Víctor Pérez.

—Soy yo,  respondí con miedo, y me dijeron ‘¿sabe qué?, venimos a apoyarlo’, les di las gracias, pero no sabía cómo se habían enterado de mi caso, sólo escuché que uno le dijo al otro: diles a los demá que pasen... eran como 100  policías que iban  también a apoyarme.

Eran todos los oficiales que habían acudido a los innumerables llamados de la mujer o que sabían de su racismo. Para entonces, su caso ya era conocido en la zona, y él no era la única víctima de la mujer, que aprovechando su origen y posición solía acosar  a los migrantes que se le cruzaban.

Al ver la escena,  Jenna  comenzó a acusarlo de cosas nuevas, incluso sacó un mapa enorme del barrio para decirle al juez dónde, según ella, Víctor había cometido actos indebidos. El juez le pidió que se sentara, que sería Víctor quien explicaría la situación.

Cuando ambas partes dieron sus testimonios, la corte llamó a un receso de tres horas para dar la sentencia. Tres horas eternas para Víctor, que terminaron con una palabra dirigida a la mujer: ¡CULPABLE!

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 Nelson, el detective, le dijo que  era candidato a obtener la Visa tipo U, creada por el Congreso en  2000 y  destinada  a “víctimas de ciertos crímenes que han sufrido abuso físico o mental, y brindan ayuda a las agencias de orden público y oficiales gubernamentales en la investigación o persecución de actividades criminales”. 

—Hasta hoy sé bien de las cuatro cosas que me hizo la mujer: intento de robo, discriminación, intento de asesinato y racismo, con eso luego luego me dieron la ayuda, me dijeron que yo calificaba para esa Visa.

Víctor confiesa que no podía creerlo: habían hecho justicia para él, para el migrante oaxaqueño que creyó que no tenía derecho a nada en ese país. Lo dice y se le quiebra la voz. Llora.

—Ahorita ya estoy legal, ya me dieron mi permiso de trabajo, me dieron el seguro, me dieron mi ID de California y  el detective me dijo que tenía todo el derecho de pedir a mi familia, y ya me traje a mi mujer y a mis tres hijos.

En 2016, Víctor obtuvo un carnet de salida para poder visitar a su familia en Oaxaca y agilizar los trámites para su mudanza a Los Ángeles.  Se impactó mucho al ver que no reconocía a sus hijos,  ya unos adolescentes. Se había perdido su infancia, pero por fin podía llevarlos consigo y empezar otra vez. 

Su esposa e hija menor llegaron a EU en febrero de 2017 y en septiembre de 2018, los otros dos. Actualmente,  Víctor continúa vendiendo elotes y es muy querido en el barrio, a veces se encuentra a los policías que lo ayudaron, lo saludan afectuosamente y  le preguntan cómo va la venta.

Al fin pudo construir una casita en Oaxaca y la próxima semana comienza los trámites para obtener su residencia. Tiene pensado visitar pronto México, donde, dice,  la comida le sabe más rica, pero confiesa que ya se acostumbró a su barrio en Los Ángeles, a sus vecinos y a su negocio. El deseo familiar ahora es poder comprar una casita allá.

 
Con la voz aún entrecortada, Víctor se dice orgulloso de ese oficio que le ha dado tanto en Estados Unidos.

—Ora sí que llego a comprender que hasta que se me va a hacer el ‘sueño Americano’, finaliza. Hace sonar de nuevo la corneta y avanza por esas calles con nombres gringos que son también suyas y por las que al fin puede caminar con libertad.

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