“¡Magda Hernández! ¡Presente! ¡Onoria Rodríguez Ramírez! ¡Presente! ¡Alfonso Garnica! ¡Presente!”…
El hombre insiste en que las autoridades estatales deben acelerar la investigación, pero hasta ayer no había ningún detenido. Varias intervenciones, mucho llanto, una sola voz: “¡Justicia!”.
Los ataúdes llegaron a la comunidad después de las 8:00 de la noche del martes. Toda la madrugada y parte de la mañana del miércoles, los cuerpos permanecieron en la explanada. Casi al mediodía se celebró la misa común.
Al tañer de las campanas salió el cortejo de 12 de las 13 víctimas rumbo al panteón. Una de ellas será tras-ladada a Cuernavaca, Morelos, de donde era originaria. “Que los responsables reciban su castigo, que traten de hacer algo, porque si no los frenan, esto se va a poner peor”, dice el campesino Asunción Zárate, quien fue uno de los sobrevivientes de la masacre.
A ratos en silencio, a ratos entre música de banda, a ratos entre gritos siguió el cortejo hasta llegar a las tumbas. Uno a uno, los cajones de madera fueron cubiertos de tierra. “Les dispararon sin piedad, nuestra gente no llevaban ni cuchillo ni nada, nada más”, dice doña Victoria Vargas López.
Ella es madre de Alfonso Garnica Vargas, una de las víctimas. “En la mañana lo vi, se fue sano y contento al campo. Qué casualidad que en la tarde ya me lo traen muerto, ¡no es justo!”, grita.
Personal de la Fiscalía General del Estado (FGE) arribó desde el martes por la mañana, pero hasta anoche no había ninguna aprehensión. La instancia confirmó que se indaga la línea del conflicto agrario que mantienen ambas comunidades, pertenecientes al distrito de Yautepec, en la Sierra Sur del estado y colindante con el Istmo.