El Ejército entró a la Sierra Mixe por la noche. Desplazó dos camionetas artilladas, vehículos modificados que usa el ejército como símbolo de poder contra el combate al narcotráfico, que incluye una ametralladora multicañón y lanzagranadas.
Treinta soldados rodearon el monte para avanzar sobre las cumbres. Se abrieron camino durante 16 horas entre los árboles hasta encontrar con sus datos de cartografía militar, 195 plantíos de amapola y 25 de marihuana en una extensión de cuatro hectáreas. De acuerdo con el reporte oficial publicado el 16 de abril de 2018 por la 28 zona militar perteneciente a la octava región ubicada en la zona metropolitana de la ciudad de Oaxaca, fue un “decomiso exitoso”.
Para los comuneros de Santo Domingo Tepuxtepec, los soldados entraron a sus territorios como ladrones.
–El Ejército llegó a Tepuxtepec a intentar imponer su ley como si no conociera cómo funcionan las cosas aquí. Llegaron en tres camionetas largas donde había soldados sentados de lado y lado en los linderos de la comunidad y no pidieron permiso a la autoridad. Ahora lo hacen una y otra vez –nos contó Gabino, un viejo sembrador de amapola al que tuvimos que ver en un pueblo ubicado a 25 kilómetros de su lugar de origen. Nos cambió el lugar de la primera cita en la carretera de Colonia Minas por cuestiones de seguridad.
Era nuestro segundo viaje a la sierra y nos pidió que no fuéramos a Tepuxtepec, un pueblo de mil 900 habitantes donde todos habrían sabido que lo vimos.
Nos alcanzó a las afueras de un hotel en San Pedro y San Pablo Ayutla, a las 11 de la noche. La calle estallaba todavía con petardos porque en la localidad realizaban calendas por las fiestas de San Pedro Apóstol, el 25 de junio. Mezclado entre la gente, nos pidió que habláramos al costado de su camioneta Toyota Hilux. Tenía prisa. Nosotros, cansados del viaje, queríamos también guardarnos de los cohetes y la procesión que alumbraba las calles.
Bajo de estatura, llevaba una impecable camisa blanca que le cubría las muñecas. Gabino hablaba con nosotros intranquilo, con sobresalto, engañando al frío frotándose las manos. Durante la hora y media que platicamos, nos dio la sensación de que buscaba entre las siluetas del pueblo a una horda de asesinos.
Desconfiado, su plática se centró en el papel del Ejército y sus incursiones cada vez más frecuentes a territorios sagrados. Sobre sus actividades no quiso abundar.
–Hablar con los que siembran es meterte con gente peligrosa– se escudó.
Gabino nos explicó que las comunidades les pagan a los soldados por la protección y el patrullaje.
–Cuando vienen los soldados por la buena, pasan con la autoridad de cada comunidad para hacer campamento; entonces, bajo ese acuerdo ellos acampan a las afueras del pueblo y patrullan. El Cabildo, la autoridad municipal, les da gasolina y comida, pero no se meten en otros asuntos– relató apresuradamente.
Dijo que en la sierra los comuneros siempre saben cuándo llegan los militares, dónde dejan sus armas en guarniciones, pero no les hacen nada mientras respeten los acuerdos.
–Cada vez que vienen, acampan en los mismos lugares– reveló Gabino.
Para él, todo el show montado por los militares y sus decomisos publicados en la prensa son un pacto roto que ahora expone a una comunidad entera que siembra amapola para subsistir. La conversación terminó. Gabino, un hombre pequeño, se subió a su camioneta muy grande con movimientos rápidos como de felino gateando sobre la hierba. “Hablar con los que siembran es meterte con gente peligrosa”: sus palabras calan como la neblina. En la Sierra Mixe parece que llueve el día y la noche.
En la capital oaxaqueña pocos supieron del asesinato del indígena mixe Luis Juan Guadalupe de un tiro en la cabeza, el 5 de junio de 2017 en San Pedro y San Pablo Ayutla, municipio ubicado al norte de Oaxaca.
Poco o casi nada se supo de la emboscada en la misma comunidad horas antes que dejó decenas de heridos, varios de ellos fueron trasladados al Hospital Rural de Tlacolula de Matamoros, 64 kilómetros abajo sobre los caminos de la sierra. Los sobrevivientes pensaron que se quedarían sordos, que no iban a terminarse los tiros y el mundo era ver caer a sus vecinos en zanjas, que iban a quedarse en penumbras y enterrados, sin ver a sus hijos morir.
Tampoco llegó a la opinión pública la violación de cuatro mujeres mixes después de ser despojadas de sus tierras por un grupo paramilitar un mes antes en la misma comunidad que, con casi todo perdido, acusó al gobierno estatal oaxaqueño de proteger a los agresores del pueblo de Tamazulápam del Espíritu Santo -municipio vecino, a 6.6 kilómetros o 15 minutos por carretera- que los habían despojado de un manantial comunitario y se apoderaron de llanos estratégicos para el trasiego de drogas, también acusaron al gobierno estatal de mantener en silencio una red de siembra de marihuana y amapola que atraviesa las agencias municipales de El Crucero, llega a la zona rural de Costoche y termina en Santo Domingo Tepuxtepec, en lo profundo de la Sierra Mixe.
Nadie sabía de dónde habían salido tantas armas. Nadie parecía entender por qué un grupo armado defendía una parcela con agua, unas barrancas inaccesibles, cubiertas la mayor parte del año por el bosque lluvioso y la niebla.
Las guerras en la selva de la Sierra Mixe no tienen el impacto de las guerras en el desierto del norte mexicano. En la capital oaxaqueña y en México poco se sabe, con certeza, sobre qué tipo de ritos y violencias internas devoran a las comunidades.