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"Era un griterío, no sabíamos qué hacer"; poblador narra primeras horas tras descarrilamiento del Tren Interoceánico

Martín Orozco, poblador de la comunidad de Chivela, del municipio de Asunción Ixtaltepec, fue de los primeros en llegar para ayudar a heridos y sacar a los muertos del vagón que cayó al barranco; asegura que en el tiempo que estuvo socorriendo contó 10 fallecidos

Martín Orozco fue una de las primeras personas en llegar a la zona del accidente; después llegaron por montones casi toda la población, tanto mujeres como hombres. Foto: Edwin Hernández EL UNIVERSAL
28/01/2026 |11:32
Juan Carlos Zavala
Corresponsal EL UNIVERSAL Oaxaca Ver perfil

Chivela, Asunción Ixtaltepec, Oaxaca.- Alrededor de las 10:00 de la mañana del 28 de diciembre de 2025, un anuncio a través del aparato de sonido de la comunidad rompió con la cotidianidad en Chivela. A través de la bocina del pueblo, las autoridades de esta localidad del municipio de Asunción Ixtaltepec llamaban a la población a brindar su apoyo, “los que tuvieran la voluntad de ir a ayudar”, porque el tren se había descarrilado y la gente que iba en él no podía salir.

Ese día, Martín Orozco fue contratado por una vecina para cortar su leña. Llevaba unos cuantos minutos trabajando con su motosierra cuando escuchó el mensaje. No lo pensó dos veces, y la mujer que lo había contratado tampoco dudó en dejarlo ir. Afortunadamente, ya llevaba un montoncito de leña cortado. Tomó su motosierra y el bote de gasolina y se dirigió de inmediato a la zona en la que se informó se había volcado el ferrocarril.

De la zona habitada hacia el lugar del descarrilamiento hay una distancia aproximada de 3.5 kilómetros que él recorre en unos 15 o 20 minutos. Mientras avanzaba, no podía o no quería creer que el tren se había salido de la vía porque, “pues está todo nuevo”, relata.

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Martín Orozco fue una de las primeras personas en llegar a la zona; después llegaron por montones casi toda la población, tanto mujeres como hombres. Algunos vecinos mencionan que incluso en ese momento había un juego de béisbol, y que los jugadores pararon de inmediato para también ayudar a las personas que viajaban en el tren. Pronto, llegaron también pobladores de comunidades cercanas como Morrito y Nizanda.

El primer recuerdo de Martín, al llegar a la zona del descarrilamiento, es la máquina del tren hecha pedazos, como si se hubiera partido por la mitad, los gritos de auxilio de quienes iban a bordo de los vagones de pasajeros. Su primera acción fue ayudar a salir a tres personas de los vagones descarrilados, pero que aún estaban sobre la vía; hasta que éstas, le dijeron que mejor apoyara a los que se habían caído al barranco; algo que de lo que en ese momento no se había percatado.

Uno de los vagones de pasajeros cayó al precipicio que calculan con una pendiente de entre 20 y 25 metros de profundidad, casi sin inclinación; lo más parecido a una caída en vertical. El accidente ocurrió en una curva de la vía de 12 grados. En ese momento, sólo se encontraba Martín, un militar de la Secretaría de Marina y otro hombre de la comunidad de Chivela.

“Nos dicen, vayan abajo, y fue cuando escuchamos, no hombre, si lo viera, era un griterío que no sabía qué hacer. Bajamos y vimos a todas aquellas personas heridas, incluso muertos. Me tocó sacar una niña que..., lloré de tristeza al ver la niña. Estaba una señora, estaba tirada la tía, así acostada, abría los ojos, pero estaba inconsciente, perdón, y la niña, pues ya estaba muerta”.

“Sacamos a una señora que estaba lastimada. Ahí falleció la señora. A la niña sí la sacamos para ayudar a las demás personas, la sacamos para no lastimar más su cuerpo y la tendimos, le tapamos la cara. Con una ropa la tapé, le envolví su cabecita con un suetercito negro, yo se lo amarré.

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“Mire, yo saqué a una señora, una señora grande, tenía como 70 años, hay una foto. Me la subieron en la espalda porque venía lastimada, y empecé a subir por el barranco. Le dije, tía, se agarra de mí, porque la voy a subir, la quiero ayudar. Me saqué las chanclas y me fui hasta arriba. Así saqué a tres personas”, relató.

La ayuda llegaba en grupos de hasta 20 personas, la mayoría de Chivela. Llevaban sus machetes, mecates, bebidas, alimentos y sábanas o cobijas para sacar a las personas heridas y cubrir los cuerpos de las personas que habían fallecido. Al mediodía, ya habían contabilizado 10 personas muertas.

Aunque la ayuda aumentaba, era difícil sacar a las personas heridas. “Cuando nosotros entramos (al vagón), no podíamos sacar a los heridos porque estaba muy incómodo. Dilatamos mucho porque las sillas cómo que se enrollaron, se envolvieron, ¿quién sabe? No podíamos quitar las sillas, porque abajo estaban las personas, estuvimos luchando, la verdad. Luchamos un montón con un marino, uno de Protección Civil y otros muchachos de Nizanda”, relata.

Martín Orozco es un campesino de 55 años, originario de Chivela. Los recuerdos de ese día, dice, son crudos y dolorosos. Menciona el momento en que encontraron a una mujer joven con una cortada en la pierna y que ella misma se había hecho un torniquete con su ropa para parar el sangrado; a una señora con lesiones en su cabeza, con las manos quebradas; y sangre, mucha sangre.

“Una muchacha me gritaba ayúdenme, ayúdenme. Le dije que si yo fuera Superman alzaría el tren y me la llevaría y la pondría yo ahí, a salvo, porque ella estaba prensada; pero logramos sacarla. Ahí había otra muchacha que gritaba: ayuden a mi mamá, mi papá ya está muerto”.

Asegura que la Marina llegó cuando ya habían terminado de sacar a los heridos del vagón que cayó al barranco, y afirma que en lugar de ayudar, los marinos lo único que hicieron fue acordonar el área. Ese día, además, cortaron el servicio de energía eléctrica en la comunidad y el servicio de internet y telefonía celular. Él piensa que fue con la intención de que las personas no compartieran imágenes, videos o información de lo que había ocurrido. “(Los marinos) llegaron a las tres de la tarde, cuando ya había acabado todo”.

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En cambio, dice, casi todo el pueblo de Chivela llegó a ayudar, incluso enfermeras de la comunidad. Para las tres de la tarde, Martín ya no podía más, estaba completamente agotado, sus piernas ya no daban.

De cualquier forma, ya no había más que hacer. La Marina les dijo que no podían sacar los cuerpos de las personas fallecidas, porque tenía que llegar el Ministerio Público. A esa hora, él contaba 10 víctimas fatales.

“Cuando regresamos como a las 3:30 para acá, ahí tenían a los heridos en la vía. Ya había más personal, médicos, ambulancias, incluso se llevaron en helicóptero algunos para el hospital. Un helicóptero bajó en el campo y otro en el panteón”.

"Me quedó un recuerdo muy duro", Fernando de 83 años hizo todo lo posible por ayudar

Sobre la calle principal y cerca de la agencia municipal de Chivela, Fernando Cruz Toledo atendía en su tienda de abarrotes cuando también escuchó el anuncio de sus autoridades.

Le dijo a su esposa que se encargara de la tienda porque va a ir a ayudar, tomó un rollo de mecate grueso como de dos kilogramos de peso, se subió a su carro y condujo tratando de llegar al lugar por un camino de terracería, pero su vehículo no pudo continuar por ese camino, y decidió regresar. A sus 83 años de edad, era difícil que pudiera continuar a pie.

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Pero eso no lo detuvo para brindar ayuda. En su tienda, los domingos preparan comida para vender y para entonces ya tenían una perola de alimentos ya preparados. Una señora que viajaba en el tren fue hasta su negocio, porque conocía a la hija de Fernando Cruz. Ella les dijo que las personas que resultaron lesionadas tenían hambre, por eso le regalaron toda la comida que habían preparado para vender. También apoyó con refrescos y agua para las personas que fueron a ayudar a las víctimas.

“La gente de Chivela se preocupó mucho por ayudar. Aparte de eso llevaban agua, refrescos. Yo estuve vendiendo aquí y ellos lo compraban para ayudar. Ellos compraban galletas para ayudar a los heridos”.

Ese domingo, Martín vestía su short, una camisa sin mangas de cuello redondo, y sus chanclas. Cuando relata lo que vivió ese día, viste igual. Cuando pidieron el apoyo por la bocina del pueblo, no pensó dos veces, ni tampoco pensó en una recompensa o en ser héroe.

“Esta experiencia me deja con un dolor en mi corazón, fue una experiencia muy dura porque nunca me ha pasado eso, y nunca había pasado en el pueblo. Me quedó un recuerdo muy duro, un recuerdo muy duro”.

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