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En ese tenor, bajo la tristeza envolvente que causa la muerte y la alegría por las ganas de vivir, se escuchó "La última palabra" que, en su versión en zapoteco, Guenda Nabáani se le debe al juchiteco Juan Stubi: La vida es muy hermosa /y no hay nada que se le compare /Dios nos mandó a la tierra /y él mismo nos llamará a su lado.
Napu qué gapu zielu/cadi ti napu ziaanu/nahuini naro de (gu)irá zabii/ne cadi ixí huidxe guuyu laa ma zedabi/Tengas/ o no tengas, te vas a ir/y no porque tengas te vas a quedar/niños, adultos, todos irán a casa/ y no mañana o pasado los verás regresar. Es la última palabra, la que guía la vida de los juchitecos desde que nacen y mueren.
Hay aplausos, las mejillas se humedecen, por el calor y el sudor, justifican unos, los recuerdos saltan de instantes entre sí, pero no hay lugar para la derrota, no hay sitio para rendirse y tampoco para que el doloroso pasado se imponga y perdure, es noche de fiesta para recordar a los que se fueron y vivir la vida como les hubiese gustado vivirla a plenitud.
La noche es para vivirla a plenitud entre la nostalgia y las ganas de vivir y agradecer, como dijeron en sus testimonios doña Griselda Martínez, una de las 40 fonderas juchitecas que perdieron su espacio de venta al desplomarse el ala sur del palacio y don Margarito Aquino, que desde la octava sección Cheguigo, está siempre dispuesto con su solidaridad.
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