Tuvo su niñez en donde los amaneceres se marcaban con el aroma del pan recién horneado y las tortillas puestas al comal. “Me gustaba mucho ayudar en la cocina, lo que fuera; atizar la lumbre, limpiar frijoles, alimentar a los marranos, cortar las hortalizas”, recuerda Olga.

“Lo que ahora llaman la mesa del chef, eso yo lo hacía hace 30 años”, dice entre risas.

A los tres meses rentaron un departamento que funcionaba como vivienda, bodega y oficina. Buscó la manera de regresar a la cocina instaurando un comedor de cuatro mesas como su madre, abuela y suegra le enseñaron. Así nació Tierra del Sol, un lugar en donde ella haría tetelas, huaxmole y otras delicias mixtecas. El único inconveniente fue que la gente capitalina no conocía esa comida.

Cambió entonces el nombre de las recetas y ofreció un menú a bajo costo. “Al huachimole lo llamé mole de olla espesado con ejotes molidos; el chileajo, como costilla en salsa y al chilate, caldo de pollo con chile”.
Pronto se convirtió en el comedor favorito de muchos; la gente hacía fila para entrar. Aún así, sentía que le faltaba algo: la cocina mixteca.

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