Narraciones que se desarrollan en hospitales, hoteles, transportes públicos, bosques y casas embrujadas; dulces, trenzas, libros y mechones cargados de misterios; espejos, puertas y llamas que conducen a otros mundos y, por supuesto, entes de todo tipo que han dejado sin aliento a las miles de personas que las escuchan por más de una hora.

“Eran historias de seres que se podían llevar tu alma; que si tomabas agua de los arroyos te enfermabas de la panza, porque es irrespetuoso con la naturaleza, del Diablo que aparecía en las carreteras cuando los agricultores volvían tarde”.
Contar estos relatos era la forma en que la familia de Jannis, primera generación que emigró del pueblo, preservaba su memoria. Era su nostalgia cristalizada en historias a través de las cuales era posible entender cómo vivían, cómo era la noche, la oscuridad, qué comían, a dónde iban.

“Ahí está la memoria de mis abuelos, mis tíos, mis tías, de mi propia mamá y lo muy loco que pasa es que mucha bandita nos dice: ‘oigan, yo cuento sus historias a otra gente’, y ese es el encanto, que sí se transmite”.
“Nosotras sí les hablamos a las mujeres e intentamos ver más allá de lo que pudo haber sucedido en una historia.
“En esas historias siempre somos las malas y ahora buscamos darle otro sentido”, dice Maldo.
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