Pan de muertitos. En La Zeta, comunidad de la Sierra Sur de Oaxaca, se hornea en casa la tradición

Sus habitantes los llaman muertitos o muertos. Su forma representa a las ánimas que regresan solitarias

Pan de muertitos. En La Zeta, comunidad de la Sierra Sur de Oaxaca, se hornea en casa la tradición
Foto: Juan Carlos Zavala
Más de Oaxaca 26/10/2021 11:44 Juan Carlos Zavala Actualizada 11:49

Sola de Vega. — La Zeta no aparece en las aplicaciones de mapas en los celulares. Es la última localidad de Villa Sola de Vega, municipio de la Sierra Sur de Oaxaca, que limita con San Lorenzo Texmelucan —población vecina con la que sostiene un conflicto agrario— y en donde el pan tradicional para las festividades del Día Muertos tiene una forma  que lo distingue de otras regiones del estado.

Sus habitantes los llaman muertitos o muertos.  Su forma  es la del cuerpo de una persona que representa a las ánimas que regresan solitarias.

Gabriela Sibaja Lara aprendió a elaborar este pan de su madre María Reyna Lara, que a su vez lo aprendió de la suya y así sucesivamente, de generación en generación. A diferencia de otros hogares, en esta comunidad las familias producen su propio pan, no sólo para las festividades de Día de Muertos, sino  para el consumo diario.

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Foto: Juan Carlos Zavala

En sus viviendas de madera, tienen junto a su cocina un horno de leña. “Estos son los meros tradicionales de muertos, son los que hacen en figuritas, los muertitos. Porque hay otros que sólo lo hacen en forma de tortita, pero no tiene la figurita como muertito”, dice.

Algunos de los ingredientes que usa Gabriela Sibaja son  harina, azúcar, huevo, canela y leche. Los mezcla hasta lograr una masa consistente de la que arranca trozos para darles forma de “muertitos”. Los adorna con pedazos de la misma masa y sobre la cabeza les coloca una cara que adquieren en Sola de Vega. Después, les unta manteca encima porque en esta temporada el viento sopla fuerte y la grasa ayuda a que el pan no se reseque. Finalmente, los mete en el horno de tres a cinco minutos.

“Es una tradición que llevamos de Muertos hace mucho tiempo. De que tenía que ser en forma de muertitos, si no lo hacemos así sentimos que no es de Día de Muertos”, explica mientras muestra  la forma en que se elabora este pan.

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Foto: Juan Carlos Zavala

La Zeta, que toma su nombre de la forma del río que cruza la comunidad, apenas está conformada por 25 viviendas y sus habitantes se dedican principalmente a la siembra de maíz y a la crianza de animales de ganado. Para el pan que es de consumo familiar, por ejemplo, usan los huevos que producen sus gallinas.

Gabriela Sibaja, sin embargo, por el gran sabor de sus panes y de sus muertitos, ha logrado venderlos en la ciudad de Oaxaca. También tiene encargos especiales durante esta temporada, que van desde los mil hasta los 3 mil pesos.

En algunas ocasiones, ha enviado sus creaciones hasta la Ciudad de México o a  familiares que viven en  Estados Unidos.

“Es hecho aquí, es muy natural. Se hace en las casas, no lleva otra cosa para el rancho. También hacemos pan diario para el consumo, pero más hacemos cuando nos encargan para vender, aunque es muy poco lo que nos encargan”.

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Foto: Juan Carlos Zavala

En esta comunidad, el Día de Muertos se celebra los días 1 y 2 de noviembre. El 31 de octubre inician con la colocación del altar de muertos, que se distingue por un arco de flores que lo atraviesa y por el que cruzan las ánimas. Sobre el altar, de la misma manera que en el resto del país, colocan las comidas y bebidas que le gustaban al difunto. Por lo general, se pone caldo, mole, mezcal y  muertitos.

De acuerdo con la creencia, el primer día es cuando llegan  “los angelitos”; es decir, los niños que fallecieron. Por eso, en el altar  primero ponen los panes más pequeños que elaboran.

En el segundo día, toca la visita a sus muertos en el panteón de La Zeta. Esta sucede durante el día y, como parte de la tradición, llevan flores para adornar las tumbas. A los ocho días, conocida como La Octava, cambian la comida y se coloca una más fresca, como un caldo “al ánima sola que dicen que viene”. Ahí se acaba la fiesta.

Gabriela Sibaja empezó a los 20 años de edad con la elaboración de este pan tradicional de la comunidad, gracias a las enseñanzas de su madre, María Reyna, actividad que realizan juntas “porque es negocio de ambas”. Por su cuenta, aprendió a elaborar conchas, roscas, panqués y pizzas, como otra forma de  generar ingresos.

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Foto: Juan Carlos Zavala

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