Van Natalia Cruz y Banda La Istmeña al rescate de los sones tradicionales del Istmo de Oaxaca

Natalia y Abraham muestran preocupación por el riesgo en que se encuentran los sones tradicionales de la región del Istmo, pues ya casi no se interpretan en fiestas privadas o patronales

Van Natalia Cruz y Banda La Istmeña al rescate de los sones tradicionales del Istmo de Oaxaca
Foto: Especial
Más de Oaxaca 20/01/2022 10:26 Roselia Chaca Oaxaca Actualizada 10:26

Juchitán.— Natalia Cruz creció rodeada de hombres del mar en Asunción Ixtaltepec. Su padre y abuelo eran  marinos militares que recorrían el mundo. Mientras, José Abraham Osorio Robles pertenece a la cuarta generación de una familia dedicada a la música tanto en Juchitán como en Comitancillo. A la pareja fue precisamente eso lo que  los marcó en la niñez y  hoy  aportan sus conocimientos y esfuerzos  para el rescate titánico de la música tradicional istmeña.

Natalia recuerda a su padre regresar de un viaje de Curazao y traer  un cassette con música del carnaval en lengua nativa papiamento, sin saber ni el mínimo significado de las letras, pero contagiadas por el ritmo, su hermana y ella se aprendieron las melodías de memoria, así que para Natalia los ritmos  extraños inundaron su casa desde sus primeros años de vida.

“Aun cuando en mi círculo cercano no tengo familiares músicos, mi padre traía la música a la casa, de los lugares lejanos que visitaba. Gracias a él, mi panorama sonoro se abrió a la música  de otras partes del mundo. En casa también escuchábamos música tradicional y la primera canción que me aprendí fue Xhunaxhi huinni. Crecí entre ritmos extranjeros y zapotecos”, cuenta la artista desde su estudio en Juchitán.

A los 16 años, Natalia se fue a Puebla a estudiar Medicina, pero desertó; no era lo suyo. Después entró a Filosofía, carrera que concluyó. En su etapa universitaria tuvo la oportunidad de estudiar canto en una academia, lo que la llevó a preparar su primer disco con temas zapotecos. Con este primer paso surgió el interés por recuperar la lengua zapoteca para ella misma, la  que le fue negada en la niñez.

“La música ha sido la mejor herramienta que tengo para recuperar la lengua zapoteca. Creo firmemente que es una excelente herramienta didáctica para aprender, en mi caso el zapoteco”, señala la cantante.

Abraham observa atento a Natalia y sonríe ante las anécdotas de su esposa. También está de acuerdo en que no ha sido fácil llegar hasta el séptimo disco que grabaron juntos,  Neza Saa. La senda de la música; ella como intérprete y productora, él como director musical, arreglista, ingeniero de sonido, trompetista, saxofonista, pianista. Prácticamente el hombre orquesta de la Banda La Istmeña, proyecto que encabeza.

La familia de Abraham viene de un linaje de músicos. Su   padre es un maestro que comenzó a los seis años en el oficio y se convirtió en saxofonista. Su hermano, sus tíos, primos, abuelos son músicos. Su destino estaba trazado en esa dirección desde que nació. Nunca se rehusó a ello, por el contrario, se perfeccionó en varios instrumentos: piano, saxofón,  trombón, clarinete. Para tener su propio estudio, aprendió de manera didáctica a ser ingeniero de sonido.

Su primera tocada fue a los nueve años. Tras cuatro meses de estudiar piano, su padre lo llevó a una boda y allí comenzó su carrera como músico.

“Me trepó en unos banquitos para que alcanzara el teclado y comencé a tocar. Desde allí empecé en los grupos musicales. Soy autodidacta, aprendí escuchando la música de  Paty y su Proyecto Latino, a través de los cassettes. Con el tiempo me fui profesionalizando. Me he preocupado por mejorar las técnicas. Hoy, a los que les enseño, siempre les digo la importancia de profesionalizarse; afortunadamente varios hacen caso y ahora están en conservatorios, academias  y eso es genial, algo hicimos bien”, expresa.

Los sones en peligro

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Foto: Roselia Chaca

Natalia y Abraham muestran preocupación por el riesgo en que se encuentran los sones tradicionales de la región del Istmo, pues ya casi no se interpretan en  fiestas privadas o patronales, al grado de que sólo existe una cuota de sones, a lo mucho seis, que se repiten.

“Es preocupante lo que sucede con los sones, en fiestas que duran de cinco a ocho horas, sólo se escuchan seis sones, los mismos de siempre; La Paulina, La Sandunga, entre otros. Esto se debe a la influencia que tiene la cumbia o la música de banda norteña en nuestra gente. Creo que es necesario un rescate urgente en los espacios públicos y privados, crear iniciativas que impulsen la creación de nuevos sones y promover su difusión”, argumenta Natalia Cruz.

Para contribuir  al rescate,  Natalia Cruz y la Banda La Istmeña aportan en este último disco, Neza Saa. La senda de la música, una  propuesta para recuperar  la “improvisación”,  figura que el investigador de la cultura zapoteca, Víctor Cata, describe como un “momento fascinante porque es espontáneo,   que consiste en que los músicos al final de un son aportan sus emociones,  porque los tiempos se desbaratan y se reagrupan en el último aliento de la trompeta”.

Según el especialista, ese es precisamente el valor de la propuesta de la pareja, pues la improvisación,  que le da su sello distintivo a la música tradicional del Istmo, como  el son Guendaxheela’ bibia de Víctor Man, ya se está perdiendo. 

“Esto es un trabajo en equipo y se percibe en los arreglos porque se privilegia no sólo la voz, sino también los instrumentos, para que se expresen ad libitum, a placer, a voluntad, como gusten”, comenta el escritor acerca del proyecto.

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