Un rugido desde las entrañas de la tierra anunció la desgracia del 7-S, cuentan los abuelos zapotecas

En Guidxixú, que significa “tierra de temblores", los más ancianos han aprendido a identificar los sismos a través de las nubes; e incluso los escuchan
Un rugido desde las entrañas de la tierra anunció la desgracia del 7-S, cuentan los abuelos zapotecas
Foto: Edwin Hernández
10/09/2020
09:47
Roselia Chaca
Oaxaca
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Santiago Laollaga.— Los zapotecas del Istmo de Tehuantepec, sobre todo los ancianos, leen las nubes. Si tapizan el cielo y además son “aborregadas”, las nombran  naredxe, como la forma de las manchas en la piel del jaguar. Esa es de las pocas palabras antiguas que conservan para nombrar un fenómeno natural.  Pero estos habitantes de la franja ístmica no sólo pronostican los sismos con las nubes, también los oyen: identifican el sonido previo al movimiento de la tierra.

En las faldas de una cordillera  de cerros que conectan a la Sierra Mixe-Zapoteca existe un pequeño pueblo de no más de mil habitantes, que lleva como nombre  Guidxixú, “tierra de temblores o lugar de temblores”, que está ubicado sobre la falla de San Andrés,  como muchos otros pueblos que atraviesan esta sierra. 

Aunque los habitantes de Guidxixú no saben por qué los primeros pobladores lo nombraron así, pues aseguran que no tiembla tanto, reconocen que sí es común oír el rugir de la tierra.

Juan Iglesia  Pérez es un curandero de 81 años, y su esposa Cresencia Morales, de 85, es la única partera del pueblo. Estos ancianos respetables de Guidxixú tienen entrenado el oído e identifican perfectamente el eco cavernoso que llega segundos previos a un temblor. Para ellos, ese ruido se asemeja al de los  motores de camiones grandes,  que atraviesan en la lejanía de la carretera.

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Foto: Edwin Hernández

“Claro que se escucha antes de que tiemble, los perros lo escuchan también y lloran. Es algo como “hummmmrrr”, como un carro a lo lejos.  Y luego todo se mueve. Eso escuchamos esa noche, pero muy fuerte, muy profundo en la tierra, los perros lloraron mucho. Era un sonido que sale de dentro de los cerros. Antes no nos asustaba, pero ahora lo escuchamos y somos nosotros los que temblamos”, cuenta Juan en el corredor de su vivienda que resistió el terremoto de 8.2 grados del 7 de septiembre de 2017.

A Cresencia el ruido siempre le fue  común, pero en una baja intensidad, nada que le diera miedo, pero desde hace tres años el sonido que nace de la tierra cuando está por sacudirse es más fuerte y los alerta, los previene de lo que podría ser algo catastrófico. 

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Foto: Edwin Hernández

“Nunca vamos a olvidar esa noche. Cómo olvidar ese ruido de carro, como un rumor, pero no fue uno solo, fueron muchos temblores. Esa noche dormimos en el patio, todo el pueblo. Aquí nadie murió, pero sí se enfermaron de susto”, explica sin dejar de expresar con sus manos la experiencia de aquella noche. 

Víctor Hugo Espíndola Castro, responsable de Análisis en el Servicio Sismológico Nacional, explica que la fuerza del terremoto del 7 de septiembre de 2017 superó unas 30 veces al ocurrido 12 días después, el 19 de septiembre; sin embargo, señala que fue este segundo evento el que acaparó la atención por afectar principalmente a la región centro del país y en especial a la Ciudad de México. 

El especialista dice que el sismo del 7-S consistió en un “rompimiento” que comenzó en el epicentro y se extendió por más de 500 kilómetros al noroeste sobre la línea costera,  lo que provocó que con las ondas sísmicas otras estructuras también fueran alcanzadas, y que la corteza terrestre sufriera alteraciones, generando movimientos internos y ondas sonoras. 

Eso fue lo que los ancianos zapotecas escucharon unos segundos antes de la sacudida que trajo toda esa  destrucción.

“Sí puede ser que hayan escuchado esos rugidos unos segundos antes, porque es una deformación de las ondas, es un desplazamiento interno y depende de la estructura donde estén asentados. El  sonido se convierte en la respuesta del lugar a la energía liberada, pues fue un sismo grandísimo”, detalla.

Rugidos que causan muerte

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Foto: Edwin Hernández

Una semana después del sismo, hasta la casa de Juan llegaron personas de Ixtepec y Santiago Laollaga a santiguarse, a curarse del susto que se quedó atrapado en sus cuerpos. El anciano no recuerda cuántas personas, pero dice que apenas y se daba abasto.

Este curandero y médico tradicional, el único del pueblo, considera que el susto existe, que se da por las grandes impresiones o sorpresas inesperadas que las personas reciben en la vida, como el terremoto. Para él, el susto paraliza el cuerpo, lo puede llegar a secar y hasta a matar.

“Mucha gente se enfermó del susto del terremoto. Apenas escuchaban el rumor dentro de la tierra y se ponían muy mal. Yo los curé con las santiguadas de albahaca y mezcal. Le hablaba al mal sentimiento que se quedaba en el cuerpo y ante el altar de los santos sobaba los tendones de la persona hasta liberar el susto. Todo con mis manos y la gracia de la Virgen de la Candelaria ”, explica Juan.

Aunque el terremoto no dejó muertos en este tranquilo pueblo ni tantos daños materiales, como todos los habitantes del Istmo, sus pobladores aún  viven en constante alerta, esa  que les da el sonido de la tierra.

La noche del terremoto, como días, semanas y meses después, en casi todas las comunidades de la región no cesaron los sonidos previos a los temblores, algunos más intensos que otros. No cesaron porque según datos del Servicio Sismológico Nacional, un año después de este sismo sumaban 26 mil 781 las réplicas que seguían estremeciendo la tierra. 

Los rugidos eran tantos y tan fuertes, que en el núcleo agrario Río Grande, perteneciente a San Miguel Chimalapa, las autoridades comunales reportaron que dentro de las cuevas que se adentran a lo profundo de las montañas que rodeaban la zona salían ruidos intensos, constantes, que terminaban con temblores, por lo que llegaron a temer que un volcán naciera allí, lo cual se descartó.   

Con los meses, los sonidos cesaron, aunque de repente alguno aún los sorprende.

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