La presidenta Claudia Sheinbaum caminaba de puntillas sobre terreno pantanoso cuando el expresidente Andrés Manuel López Obrador salió de su supuesto retiro para subir, en una decisión adoptada de manera unilateral, el mensaje que explotó en redes sociales y en el que condenó la detención y extracción del dictador venezolano Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos.
La irrupción de AMLO fue mal recibida en Palacio Nacional. Ante la inmediata presión del gobierno estadounidense para que México apoyara las acciones que Donald Trump emprendió en contra incluso del derecho internacional, Sheinbaum había ordenado que se instruyera a los actores más relevantes de Morena a fin de que se cuidaran de emitir declaraciones incendiarias o innecesarias.
La intervención de López Obrador solo complicó aún más ese escenario de crisis. Tras el comunicado de la cancillería mexicana en el que el gobierno de México condenó la intervención de los Estados Unidos en Venezuela, y tras las propias declaraciones de la presidenta de México en ese sentido, Donald Trump endureció su discurso.
Esa fue la historia de la última semana. Durante esa última semana Trump remarcó en dos ocasiones lo que su gobierno ha planteado varias veces desde hace más de un año: que a México lo gobiernan los cárteles, y que “algo” tendría que hacerse con el país. Trump dejó entrever que ese “algo” podría incluir acciones “por tierra”.
En ese contexto se divulgó información que desató la irritación pública de la presidenta: que en la acusación a Maduro por narcoterrorismo y narcotráfico, México aparece mencionado en 25 ocasiones como un punto clave para el movimiento tanto de dinero como de drogas.
En reportes que le fueron entregados a Sheinbaum en la semana se indicó que una parte de los datos contenidos en la acusación lanzada en contra del dictador procedía precisamente de declaraciones de narcotraficantes mexicanos que Estados Unidos tiene bajo su poder.
En Palacio Nacional se ha trazado ya un escenario en el que sea el propio Maduro quien termine de detallar los puntos de la vinculación del narcotráfico con políticos mexicanos. Lo que está en juego, dicen en Palacio, es la viabilidad del proyecto obradorista: la posibilidad de que a la 4T le surja su Genaro García Luna particular.
La suerte de políticos de Morena vinculados con el crimen organizado ya no depende de supuestas investigaciones de Omar Garfcía Harfuch, de la Fiscalía General de la República y de otras autoridades mexicanas. La suerte de estos personajes, fatalmente para el partido gobernante, está ya en otra canasta.
Apenas el miércoles por la noche, Trump declaró en una entrevista con The New York Times que el límite de su poder no es el derecho internacional, sino su “propia moralidad”. “Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”, dijo.
Esta declaración desorbitada, delirante, inverosímil, tiene al gobierno mexicano en vilo. A la “moralidad” y a la “propia mente” de Trump no parecen bastarles las cifras de detenciones, decomisos y desmantelamientos de laboratorios presentadas triunfalmente en las mañaneras.
Aunque su gobierno admite que México “ha hecho más que nunca” en contra del tráfico de estupefacientes, las gráficas presentadas en las conferencias de Claudia Sheinbaum no significan absolutamente nada para el mandatario estadounidense.
Desde hace tiempo, las agencias de inteligencia de Estados Unidos tienen la radiografía completa de la vinculación de políticos, líderes, gobernadores y altas figuras de Morena, sobre todo del sexenio anterior, con el crimen organizado.
Ya no están pidiendo la entrega de jefes regionales, jefes de sicarios, ni operadores de segunda y tercera fila, esos que el gobierno de México está dispuesto a entregar a racimos.
Estados Unidos lleva meses exigiendo al gobierno de Sheinbaum la entrega de tiburones, no de pececillos.
Y la presidenta posterga, elude. Habla de colaboración, no de subordinación. Pero cada vez, la herencia maldita que le dejó su antecesor se vuelve una carga más pesada de llevar. Muchos de los nombres en poder de las agencias están hoy incrustados en el régimen.
2026 comenzó con un terremoto en el que México está en la mira y el reloj sigue corriendo. El pacto de impunidad de la 4T tendrá que romperse en pro de la viabilidad del país.
Queda claro que de Trump es posible esperarlo todo, incluso lo peor en términos militares, políticos o económicos.
Sheinbaum y su gobierno se mueven en terreno pantanoso. No pueden continuar actuando como si el que gobernara Estados Unidos fuera otro. Porque el camino está marcado. Allá quieren tiburones. Sí o sí.

