Dobles damnificados: vivir la pandemia aún heridos física y económicamente por el sismo del 7S

Tres historias que no sólo tienen en común ser sobrevivientes del terremoto de 2017, también luchan en el confinamiento a causa del Covid-19

Fotos: Roselia Chaca
Sociedad 29/05/2020 12:19 Actualizada 15:58

Juchitán de Zaragoza.— Feliciana, José Manuel y Lavinia no sólo tienen en común que son sobrevivientes al confinamiento a causa del virus que mata a cientos de mexicanos cada 24 horas, también coinciden en ser damnificados del terremoto que en 2017 devastó el Istmo de Tehuantepec y, en particular, a  la ciudad zapoteca de Juchitán. 

Los tres arrastran el deseo de una  recuperación económica, material y física que a casi tres años del sismo no ha llegado.  Y la mala suerte de ser parte de la población con la que las contingencias siempre se ensañan más.  

Lavinia

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Lavinia es una mujer zapoteca que perdió una de sus piernas la noche del 7 de septiembre, cuando el sismo de 8.2 grados llegó a Juchitán bramando con fuerza y enlutó  al menos a 65 familias.  Durante los meses posteriores, el periodo de reconstrucción de la ciudad y su propio tiempo de recuperación,  estuvo deprimida, hasta que retomó su venta de dulces en el mercado local.

Ver gente  y estar en  el ajetreo de esta localidad, considerada la capital comercial de la región, la motivó y así decidió  que quería vivir. Hace dos meses, con la aparición  de la pandemia, a Lavinia nuevamente le arrebataron su vendimia y dejó de ir al mercado, pues, al ser una persona diabética y de la tercera edad, es  más vulnerable al virus que en Oaxaca ha matado a 72 personas mayores de 60. 

Encerrada, como parte del confinamiento, la depresión  se asomó  otra vez a su vida y  a su cuerpo.

José Manuel

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El local de José Manuel, el único bar para la comunidad gay  que existe en Juchitán, acumula una buena cantidad de polvo desde hace dos  meses.

El próximo junio se cumpliría un año desde su reapertura, luego de superar a tropezones la crisis económica en la que el sismo dejó sumida a esta población.

Pese a sus esfuerzos, la proyectada recuperación para este 2020 no sólo no se logró, sino que nuevamente este joven comerciante está en riesgo de perder su negocio, pues los bares son los últimos comercios en las listas de giros esenciales y, muy probablemente, esté aún lejana la fecha en la que se le  permita de nuevo abrir. 

Actualmente, José Manuel sigue aguantando y espera en una lista para ser beneficiado con uno de los préstamos del gobierno federal,  para pagar, aunque sea, la renta del local.  Aún no sabe si su negocio, además de un sismo,  sobrevivirá a una pandemia.

Feliciana 

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El techo de la casa de Feliciana se cae a pedazos, mientras ella sólo observa con un gesto de resignación. Así ha estado desde el sismo. 

Ni la mujer ni ninguno de sus familiares lograron obtener los apoyos del Fondo Nacional de Desastres Naturales (Fonden) para levantar su hogar, así que, desde hace casi tres años, en esta pequeña casa fracturada viven 11 personas: cinco niños y seis adultos.

En la casa de Feliciana poco puede hacerse contra un virus que exige el aislamiento, pues no hay lugar para la sana distancia.  Es más, aquí prácticamente se duerme uno sobre otro.

Respecto a sobrevivir al coronavirus, los 11 habitantes de la pequeña vivienda dicen que “lo dejan a la mano de Dios”.

Lavinia

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Debajo de una galera de lámina y lona negra, Lavinia ve pasar los días sentada en una oxidada silla de ruedas. Antes de la contingencia, el  lugar se convertía  en cocina con un fogón portátil  para preparar la miel de sus dulces, hoy está casi desmantelada y sólo sirve para resguardarse del terrible calor.

La entrada económica que tenía, al acudir todos los días al mercado a vender los antojos acaramelados que preparaba, contribuía al sostén de la casa, junto a lo que ganaba su nieta y el esposo de ella.

De esos tres ingresos, ahora sólo cuentan con uno: “Hace dos meses dejé de ir al mercado. Mi nieta dijo que no fuera, que con lo que ganara ella y su esposo sobreviviríamos. Ahora, ella también se quedó sin trabajo y  estamos sólo con el sueldo de su esposo que es guardia de seguridad. Sobrevivimos con lo que tenemos”, cuenta Lavinia con resignación.  

Para ella, volver al mercado es la clave para estar mejor: “Esperemos que todo esto pase pronto para regresar al mercado y vender mis dulces, ver a la gente, animarme y tener para las tortillas”, dice mientras intenta moverse sin ayuda por la galera.

Además de las secuelas físicas que le dejó el sismo, al perder una extremidad, Lavinia todavía no se repone en lo económico. Su vivienda reconstruida lleva un  avance de 50% y así se va a quedar durante un buen tiempo, porque el recurso que recibió del nuevo gobierno apenas y le alcanzó para ponerle techo y una tercera parte de piso firme.

Al menos, dice, hay  un lugar para resguardarse de las lluvias, aunque no tenga para comer. Con precisión, Lavinia explica que  el primer apoyo que recibió del Fonden, todavía  en el gobierno de Enrique Peña Nieto,  lo utilizó para su operación y recuperación; en eso se gastó 75 mil pesos.  Los 45 mil restantes se lo quedó un supuesto constructor que la estafó, nunca construyó nada de los trabajos por los que ella pagó y desapareció.

Esta anciana zapoteca sabe que es la diabetes la que la mantiene cautiva, pero también está consciente que estar en casa y no tener medicina para combatirla  tampoco es tan diferente de morir por exponerse a un virus. Lo sabe porque en esta emergencia sanitaria  para conseguir su insulina hay que batallar, pues los 150 pesos del medicamento no siempre están disponibles y  la última vez se quedó por dos días sin la inyección y casi se muere. Como pudo, su nieta logró adquirirla.

Gracias a ello, a veces triste, a veces alegre, Lavinia puede pasar los días del confinamiento desde los restos que el sismo le dejó.

José Manuel 

José Manuel espera que por fin le toque uno de los apoyos que el gobierno federal prometió otorgar a los pequeños comerciantes que cerraron ahogados, mientras,   sobrevive con las últimas ventas que tuvo antes del cierre.

Aun si no recibe nada, el joven, que abrió el primer bar gay en la ciudad, planea una estrategia para mantener en pie su negocio hasta que termine el año. "Sin tocar fondo: sobrevivir y resistir", es lo único que le queda, dice. 

La frágil economía que hace pensar a José Manuel sólo en resistir no comenzó con la pandemia, su largo peregrinar arrancó después del sismo, antes de esa noche el joven tenía tres negocios; luego, por meses, no tuvo ninguno.

 El sismo destruyó los locales que resguardaban sus comercios,  pero su entereza y visión lo llevaron a emigrar a la capital del estado a probar suerte. Ahí comenzó de nuevo, hasta que todo regresó a una mediana  normalidad en Juchitán.

“Me fui a Oaxaca  casi un año, regresé a principios de 2019 y  comencé de nuevo, de cero. Me levanté como pude y reabrí mi bar el año pasado, en un mes iba a celebrar el primer aniversario, pero  se vino esta segunda crisis”, explica. 

A nada de cumplir dos meses con su negocio cerrado, pagando la renta del local y sin fecha para la reapertura, José Manuel está desesperado y preocupado por lo que viene. 

El retorno a la estabilidad económica es incierto para  él, porque no es segura la recuperación de las ventas en los primeros meses: “Aunque llegue el momento de la reactivación, las personas no saldrán a la primera a convivir a los bares (...) Todo   cambiará en los negocios, el sismo sólo nos pegó en lo económico, pero no en la forma de interactuar en un espacio, ahora nos pegó también en eso”.

Tras la lenta recuperación, los pequeños comerciantes se enfrentarán a la ola de cobro de impuestos municipales que están suspendidos, pero que podrían alcanzar hasta 40 mil pesos después de transitar a la “nueva normalidad”, lo que hará  más difícil la situación. 

Feliciana

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Feliciana se concentra en avanzar en su bordado mientras sus nietos corren por todos lados. La abuela intenta calmarlos, pero no puede, la primera queja que lanza es el peligro que representa la casa donde se resguardan los niños y sus padres, en total 11 personas, contándola a ella y a su marido.

Viven prácticamente hacinados. Por las noches ella y su esposo Rafael duermen en el patio, una de sus hijas y su marido en el corredor que convirtieron en cuarto con una sábana como pared, y el resto de la familia se acomoda en la sala y en dos cuartos más. No hay privacidad ni sana distancia.

La preocupación para esta mujer no es por ahora el virus, sino que la casa no se les venga  encima de repente. Las cuarteaduras son evidentes en las paredes y el techo, y los sismos continúan estremeciendo y dañando la casa, pero  así seguirá porque no tienen dinero para demolerla ni para repararla.

Aunque el Covid-19 la mantiene  a ella en casa bordando  y a los niños más pequeños sin clases, los demás trabajan todos los días y regresan por las tardes a la vivienda, así que el riesgo de contagio es alto. Pero eso tampoco les preocupa: la necesidad es más grande y no pueden quedarse en casa.

“Todos se lo dejamos a Dios, lo que nos preocupa más es que la casa no se nos caiga, que otro terremoto nos agarre adentro y no resista. De hecho, nos preocupa que la lluvia llegue pronto y el techo no aguante, eso es lo que verdaderamente nos agobia”, sentencia la zapoteca sin despegar la mirada del jardín de flores que sus manos trazan en un terciopelo negro. 

Así viven en Juchitán los dobles damnificados, aquellos que no habían terminado de levantarse tras el crujir de la tierra, cuando una pandemia amenaza con volver a tirarlos.  El riesgo es real, porque con 11 contagios y 6 muertes, en esta ciudad a medio construir, si Lavinia, José Manuel, Feliciana  o cualquier otro que sobrevivió al terremoto se contagia, tiene menos de 50% de posibilidades de sobrevivir.

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