“La vida del migrante es muy dura”, dice. Para conocer esa dureza, cada quien tiene que vivir su propia experiencia, comenta la mujer quien dejó su país, Honduras, en septiembre y se enlistó en la caravana que salió de Tapachula, el cinco de noviembre, justo el día de la elección en EU.
Edín, su esposo e hija, no saben qué hacer. ¿En Honduras, vive mi mamá, pero cómo le haremos para ir a verla si no tenemos dinero ni trabajo? ¿Intentar otra vez el viaje a Estados Unidos? Estoy enferma, mi familia tiene los pies hinchados, desgarrados, sin ánimos para volver a caminar.

Edín Leticia, con un profundo sentido religioso de la vida, agradece a Dios que ella nunca vivió la violencia en su trayecto a lo largo de 500 kilómetros desde Tapachula a Juchitán. “Escuché muchas historias de asaltos, de secuestros y de violencia, gracias a Dios, no los vivimos”, confiesa.
Al igual que ella, cientos de migrantes deambulan en la zona céntrica de Tapachula, buscando emplearse en cualquier actividad para ganar algo y juntar el pasaje, otros, siguen caminando en las carreteras Panamericana, Transístmica y Costera, y coronar su esfuerzo llegando a Oaxaca.
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