Si hay un enfermo, el baño se realiza durante varios días hasta que sane el doliente.
El kuaá já también tiene un valor espiritual para las personas. “Es como una fusión entre la naturaleza y el hombre, por eso debemos hacerlo con mucho respeto y fe. Pedirle al de allá arriba que nos cure, porque él es dueño de todo lo que existe”, dice.
Foto: Juana García
Sonia y su amiga Elia se levantaron desde muy temprano para alistar su baño, las acompaña doña María Marcelina Pérez, suegra de Sonia, quien tiene cerca de 65 años.
Prenden el horno con leños, mientras un vecino va al bosque por hojas de liquidámbar, a las que le atribuyen efectos curativos, y hojas de platanares, que sirven de tapete en el horno.
Cuando el fuego consume la leña, el baño, construido de ladrillos, piedras y cemento, está listo para usarse.
Entre tanto, amarran por manojo las hojas del liquidámbar traído del bosque. Adentro del horno, colocan una cubeta con agua cerca de las piedras que se calentaron con el fuego de los leños; extienden las hojas del platanar sobre el piso y cubren la entrada con una cobija y un petate. Finalmente, se quitan la ropa, sólo las cubre su huipil rojo.
Marcelina, se acerca a la puerta del horno, en presencia de sus nietos y los de su vecina, se quita su huipil sin pena alguna.
“Esto es muy común”, dice, con una mueca. Entra al baño y se escuchan los jicarazos de agua en el fuego. Enseguida, se oyen los golpeteos del montón de hojas contra la piel.
El olor a hiervas comienza a impregnar todo el lugar, mientras que Sonia y Elia, continúan en la charla, y se preguntan que si no falta nada antes de ocuparse.
Una por una, entran por intervalos de 10 a 15 minutos. “Pues a como uno aguante. Cuando alguien está muy enfermo, el cuerpo tarda en calentarse, así que se toma un poco más de tiempo”, explica Elia, envuelta en su huipil y bañada en sudor.
El kuaá já dura hasta que las piedras se enfríen. En esta ocasión fueron más de seis horas, con un espacio de 30 minutos para comer tamales de res, tradicionales en las comunidades triquis.
“Las piedras deben regresar a su estado normal, es decir, tienen que quedar totalmente frías, de lo contrario, se romperán pronto y el horno no durará mucho”, explica la mujer se más edad.
Foto: Juana García
“Muchas personas aún no creen en la enfermedad, porque nadie se ha muerto de eso. Tampoco hemos visto que las personas se enfermen de eso, aunque igual y sí, pero todos se han curado”, dice Verónica.
Pese a ello, la amenaza del virus se cierne también sobre estas localidades y apenas este domingo, las autoridades comunitarias decidieron decretar el confinamiento para todos los pobladores, ante la sospecha de que la enfermedad los haya alcanzado ya.
Las mujeres de La Sabana y San Juan Copala narran que, ante la pandemia, han reforzado las medidas de prevención mediante baños de temazcal con hierbas y tés.
“Por acá, las personas mueren por balazos y no por Covid”, bromea una de las mujeres. Se trata del mismo municipio del que fueron desplazadas con violencia 143 familias triquis en diciembre de 2020.
La autoridad de La Sabana dice que nadie ha muerto por Covid-19 y aunque algunos se han enfermado, sólo ha sido de un resfriado, como una gripe. Las personas tampoco se han vacunado porque las autoridades de salud federales no les han dado información ni avisado sobre las jornadas de aplicación.
En las comunidades triquis toda la familia hace uso del baño de vapor, tanto hombres como niños, sobre todo si buscan la sanación de alguna dolencia. O quieren preveir alguna enfermedad.
“La semana pasada, tuve fiebre y gripa, me sentía muy cansada, pensé que me había contagiado del virus, pero preparé mi baño y ahí me la pasé por dos días. Ahora sólo tengo un poco de escurrimiento nasal”, cuenta Verónica, sentada en la puerta del kuaá já, mientras espera su turno para entrar al vapor que, dicen, cura todos los males.