Alumna de la UNAM impulsa lectura con bibliotecas comunitarias en Oaxaca

Kupijy hizo la invitación a todos sus contactos para que donaran libros en buen estado

Sociedad 04/01/2020 19:57 Ciudad de México Actualizada 14:08

Texto: Guadalupe Jimarez
Fotos: Iván Cruz

El recuerdo de su madre leyéndole Lilus Kikus, de Elena Poniatowska, antes de dormir acompaña a Kupijy Vargas. Para ella, un libro es una “ventana para ver al mundo de una forma diferente, para soñar”. Ahora, tiene 21 años y esta memoria la ha llevado a iniciar una red de bibliotecas comunitarias en la sierra mixe de Oaxaca, de donde es originaria, a tres horas de la capital de ese estado.

Todo comenzó el año pasado. “Me percaté que la carrera era muy teórica y la práctica quedaba en segundo plano”. La alumna de la FES Acatlán asegura que su iniciativa  nace de una crisis. “Quería hacer algo por mi comunidad y me cuestioné cómo podría ayudar”, comenta.

Con un cartel en Facebook, Kupijy hizo la invitación a todos sus contactos para que donaran libros en buen estado. “(La publicación) solo se compartió diecisiete veces. Por medio de mensajes en Facebook, mamás, señores y chavos me decían: ‘yo te apoyo con estos títulos’, lo único que pedíamos es que fueran libros no rotos y  pudieran ser de utilidad para los niños”.

La magia que guía a este proyecto puede entenderse por un concepto mixe: Ja wejën J kajän, que se traduce, de acuerdo con palabras de Kupijy, en “desenvolver todas las capacidades en beneficio de la comunidad”. Ella está convencida que “la educación es el agente transformador de cambio”.

Su padre, artista gráfico y grabador de profesión, y su mamá, maestra de educación especial para niños indígenas con discapacidad, fomentaron el hábito de la lectura en la estudiante de Pedagogía, quien tenía dislexia y por ello aprendió a leer a los 7 años. 

La lectura ha forjado su manera de ver el mundo; mientras que la televisión le fue ajena muchos años. Afirma que, durante su infancia no vio tele porque no tenía. “Mi único entretenimiento eran mis libros. Si me castigaban, me los quitaban”, revela entre risas.

Las bibliotecas también han marcado a la joven. Recuerda acudir a una llamada BS, en la ciudad de Oaxaca. A partir de este acercamiento, comienza a concebir a estos centros de lectura como “un espacio para fomentar la cultura de forma activa, mediante talleres y cursos”, define.

Gracias a esta acción, la joven ganó el Premio Estatal de la Juventud 2019 del estado de Oaxaca en la categoría de labor social.  

Poco a poco, el propósito de la universitaria fue tomando forma, pues la idea de crear una biblioteca comunitaria llegó a oídos de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, quienes le brindaron parte del material bibliográfico que hizo posible la primera biblioteca comunitaria de Ranchería Tejas, Oaxaca.

La ubicación de esta primera sede tiene un gran valor sentimental para Kupijy, pues su padre nació en dicho municipio y su abuela creció entre los cerros y el olor a tierra mojada de Tejas. 
De acuerdo con el Sistema de Información Cultural, en México existen 2 mil 232 bibliotecas y, la fundación mexicana Brigada para leer en libertad tiene 176 bibliotecas comunitarias registradas. 

En contraste, cifras de FEMSA, revelan que existen más de 17 mil tiendas OXXO en el mismo país. Puede afirmarse que un habitante tiene más acceso a refrescos que a un libro.

Los libros entre cerros

Aún el sol no brinda calor, son las ocho de la mañana. Aproximadamente, 20 niños de la Ranchería Tejas caminan varios minutos desde su casa para llegar a la biblioteca comunitaria con Kupijy, quien les lee cuentos mientras ellos dibujan criaturas fantásticas, habitantes de esas narraciones con la donación de crayolas y colores, proveniente de algunos de sus amigos.

Cada usuario cuenta con una credencial hecha con hojas de cuaderno. La foto fue dibujada por cada uno. Al principio no se llevaban libros, pero, al pasar los días, se dieron cuenta de las facilidades que significa caminar con uno a casa.

Kupijy cuenta: “Pensé: vamos a hacer una biblioteca como un centro de cultura, fomento a la lectura y de fortalecimiento para la identidad, porque los conocimientos de las comunidades no son valorados y son invisibilizados”.

Desde su adolescencia, la enseñanza le ha tocado los hombros. Fue cuidadora de niños. 

Entre muros pintados de amarillo y rosa, sin cristales en las ventanas, los pequeños se sientan a la mesa en este centro de lectura, ubicado a un costado de la cocina comunitaria. 
Nadie se quita los abrigos, pues el termómetro marca seis grados, pero la sensación térmica dice que son cuatro. Las mejillas rosadas de los niños dan testimonio. Rosario Castellanos dijo: “Para el amor no hay tregua”; tampoco para el aprendizaje. 

Los libros están acomodados por secciones, en muebles con repisas de madera pegados a las paredes. En algunas partes, estos lucen su silueta recta; en otras, se caen porque les faltan algunos otros que puedan fungir como sostenes. 

La adolescente hizo la clasificación del material junto con su hermana, pues, afortunadamente, eran demasiados para ella sola, de tal forma que, fue necesario el apoyo del regidor de “Tlahui” de ese entonces, Crisóforo Gallardo, quien gestionó el transporte para llevar los muchos libros que no cupieron en las valijas de Kupijy.

 Afirma que el objetivo principal de esta red bibliotecaria es “descentralizar la información, pues, aunque existe el derecho a la educación, no hay nada que lo garantice para todos los niños del país. Aquellos que viven en zonas rurales se ven desfavorecidos en este aspecto. La cabecera municipal cuenta con una biblioteca, pero, ¿qué pasa con las comunidades más alejadas?”.

Recuerda que el primer integrante de la biblioteca se lo regaló su amigo y compañero de universidad, Isaac.  Una enciclopedia de dinosaurios. “Él escribió un recordatorio en la primera página: ‘Niños, lean mucho”. 

Para este proyecto, esperaba 500 libros. Superando sus expectativas, consiguió 4mil títulos entre transbordos en el Metro de la CDMX y con ayuda de su mochila así como dos maletas  para transportarlos en cada viaje de visita a  Oaxaca.

 INEGI confirma que “13 de cada 100 personas de 15 años y más, no saben leer ni escribir” en ese estado. A nivel nacional, 6 de cada 100 personas son analfabetas.

 “Una vez, recorrí casi toda la red del Metro por dos libros donados. Uno lo recogí en la estación Guelatao y otro en Cuatro Caminos”. Para ella, el transporte fue el principal obstáculo al que se enfrentó. “No fue fácil, era necesario invertir mucho dinero en pasajes”.
 

De Tejas a Rancho Flores

La segunda biblioteca abrió sus puertas en Rancho Flores de la Sierra Mixe, en noviembre de 2019. Esta vez, hubo más difusión; fue menos difícil conseguir material y contaron con el apoyo de las autoridades de la localidad. 

La falta de manos en esta iniciativa también ha frenado su desarrollo. “Nos hacen falta personas que puedan brindar atención, talleres, como creación literaria ,y que continúen con las actividades de las bibliotecas”. Debido a esto, solo ha sido posible brindar servicio  durante las vacaciones de Kupijy.

“He experimentado muchas satisfacciones. En un inicio, llegaban 10 ni   ños, después ya eran 15, luego 20. Aprendí que leer es cuestión de motivación, no imposición, pues ese rasgo ha llevado a México a un rezago en la lectura”, detalla. 

Así, poco a poco, el espacio les ha quedado chico, por ello buscan tener un edificio propio, debido a que el lugar pertenece al municipio. “Cuando lo tengamos, pondremos una ludoteca. Hemos experimentado el éxito que tiene acercar a los niños a la lectura por medio de juegos”, sustenta la joven originaria de Oaxaca.

Diana Quezada, bibliotecóloga por la UNAM y académica de tiempo completo de la Universidad Iberoamericana, dice que,  “el mejoramiento de la red de bibliotecas públicas en México será posible si se mejora la infraestructura”, pues, en su mayoría, se encuentran en condiciones precarias.

Asimismo, la especialista señala que “es necesario desarrollar tecnologías de la información y estrategias de capacitación y reclutación de personal que pueda promover la creación de colecciones de libros, lo cual, elevaría la calidad de la oferta bibliográfica”. 

De acuerdo con el Módulo sobre Lectura del INEGI (MOLEC), en México disminuyeron los lectores en los últimos cinco años. En promedio, los mexicanos leen 3.3 libros al año. La principal razón, según argumentaron los encuestados, es la falta de tiempo. 

La joven disfruta del realismo en los libros. “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, y “Antigua vida mía”,  de Marcela Serrano son de sus libros favoritos. 

Conoció un pedazo de su destino en las páginas de las revistas de su padre en forma de publicidad de la UNAM. Desde los 10 años  supo que quería pertenecer a la Máxima Casa de Estudios. 

Fanática de la prosa de Poniatowska, siempre leyó todo texto de la autora que le llegara a las manos. Así conoció el Movimiento Estudiantil de 1968, convenciéndose de que su lugar estaba en las aulas de esa universidad.

Una de sus metas es llegar a desempeñar un cargo en educación pública, no solo en Oaxaca, sino en el país, pues quiere incentivar las artes plásticas para plasmar la identidad de su estado  así como promover las lenguas originarias y divulgación de la ciencia. 

Por otro lado, Kupijy asegura que compartirá el conocimiento de cómo gestionar el proyecto  para que pueda replicarse. 

“Hay que compartir la experiencia que tuvimos y trabajar con otros estados, además la sociedad civil está muy atenta a participar”, asegura.

Kupijy no duda, continuará con este proyecto. Sigue luchando por una causa: “Descentralizar el conocimiento entre sus memorias y deseos”. Agrega: “La biblioteca es de todos y para todos”.

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