El tequio y otras formas de hacer el bien común

Colaboración y bien común se conjugan ejemplarmente en sistemas indígenas de participación de hace varios siglos.

Foto: Archivo EL UNIVERSAL
Sociedad 17/11/2019 19:40 Alejandro Rangel Oaxaca de Juárez, Oaxaca Actualizada 19:40

En días de hiperconectividad, en los que la revolución tecnológica ha marcado el paso a una nueva era de productividad y consumo, ciertas estrategias políticas se han alejado de la economía colaborativa. Épocas pasadas fueron marcadas por esta cohesión comunitaria, que ahora contrastan con una feroz competencia que ha modificado la organización del trabajo y de los mercados laborales.

De acuerdo con el informe 2019 “Trabajar para un futuro mejor” de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), “en todo el mundo dos mil millones de personas basan su sustento en la economía informal y cerca de 300 millones de trabajadores viven en pobreza extrema. Sumándole la desigualdad de género; la brecha salarial entre hombres y mujeres, así como la sobrecarga de los trabajos de cuidado de estas últimas”.

Según cifras del CONEVAL, la mayor parte de la riqueza en el mundo se concentra en el 1 % de sus habitantes; en el caso de México, se centraliza en el 10%, por lo que 4 de cada 10 mexicanos se encuentran en la pobreza. El grado de desigualdad económica influye en el descontento social, y esto a su vez afecta en la participación social, clave para la generación de proyectos para el bien común.

A partir de ello, resurgen a considerar prácticas ancestrales que tienen que ver con cooperación y autogobierno, cuya experiencia sigue siendo vigente y son alternativas para satisfacer bienes colectivos de manera no comercial. Por ejemplo:

Tequio. 
El tequio es una forma de trabajo en beneficio de la comunidad, arraigada en la cultura zapoteca desde tiempos prehispánicos. Una especie de tributo laboral que cada integrante debe rendir a su comunidad, pues los integrantes de ésta aportan materiales o su fuerza de trabajo para realizar una obra para el bien común. Todos los integrantes de la comunidad son beneficiarios del tequio. En Oaxaca, esta tradición se encuentra protegida por una ley estatal.

Corima. 
El pueblo mexicano rarámuri, habitantes en las montañas de Chihuahua, usan este término para definir un acto de solidaridad con alguien que lo está pasando mal. Esta palabra engloba una filosofía social, una actitud de empatía que los mantiene en comunidad. No ofrecer corima a alguien que necesita ayuda se considera un incumplimiento a una obligación, y una ofensa a la vez.

Guelaquetza.
Esta tradición es parecida al tequio con una práctica ritual de intercambio. Este nombre proviene del zapoteco guendalizaa, que significa “cooperar”, un intercambio recíproco de regalos y servicios. Su historia se teje alrededor de esta relación que une a la gente, una red de cooperación entre familias y hasta entre pueblos y municipios.

Ayni. 
Sistema de trabajo de reciprocidad familiar entre los miembros del ayllu (una comunidad que trabaja con propiedad colectiva). Comunidades campesinas de Ecuador, Bolivia, Perú y Chile mantienen esta tradición que permite intercambiar trabajos en labores agrícolas, pastoreo, cocina o en la construcción de casas.

Minga.
Éste es un término quechua que define un mecanismo ancestral de trabajo colectivo muy común en el norte de Perú y Ecuador. En dicho sistema el objetivo común está por encima de cualquier beneficio individual. La colaboración por encima de la competición.

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