“No me arrepiento de esta miseria, confío en Dios”

Sociedad 22/03/2018 10:39 Ismael García Oaxaca Actualizada 20:11

Don Melitón vive en una casa de lámina en medio de uno de los asentamientos más pobres de Zaachila, Oaxaca.

Fotos: Edwin Hernández / EL UNIVERSAL

Fotos: Edwin Hernández / EL UNIVERSAL

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Fotos: Edwin Hernández / EL UNIVERSAL

“No, no me arrepiento de tener esta vida de pobreza. Dios es tan grande y poderoso, y el día que menos piense me voy, pero él me protege; en él confío, en él tengo mi fe”.

Don Melitón se lleva las arrugadas manos a los ojos; los restriega, no puede contener las lágrimas: de gratitud por la gente que no lo abandona, de dolor por la miseria y soledad, y de nostalgia por su esposa, a la que perdió hace tres años.

Las cuatro paredes y techos de su vivienda son de lámina sencilla, pintada con cal; pisos de tierra en tres cuartos, uno de ellos cocina-comedor-sala-recámara.  El próximo 1 de abril cumplirá 76 años de edad, pero ya no espera más de la vida. “Ahí lo que Dios diga; ya no puedo trabajar, ya no veo”, dice.

El hombre es viudo desde hace tres años; sus cinco hijos están dispersos y uno que le queda en casa anda en el vicio. Vive en uno de los asentamientos más pobres de Zaachila, municipio conurbado a la capital, zona del tiradero de basura y en que el 3 de julio pasado se suscitó un conflicto que incluyó quema de viviendas, expulsión de gente y un muerto.

En la agencia Vicente Guerrero la calma volvió tras medio año de enconos, pero la pobreza no se va. Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval), en 2010 en Zaachila 76.1% de los pobladores vivían en pobreza, de los cuales 50.4% presentaban pobreza moderada y 25.7% en pobreza extrema.

 

En pobreza más allá de extrema vive don Melitón Castellanos Vásquez. Huérfano de padre a los 10 años y de madre a los ocho, aprendió a trabajar desde muy pequeño, junto con sus cuatro hermanos.

A los 12 conoció a su esposa, doña Rosa, de quien se enamoró, pero azares de la vida y el celo familiar se la arrebataron; ella tuvo por su parte tres hijos y al final se juntaron de nuevo. Ambos son originarios de San Pedro del Rincón, municipio de Santa Ana Tlapacoyan. Ya como pareja, decidieron vivir en la capital, en una vivienda sencilla que rentaban; juntaron un dinero, ella lavando ropa y él de albañil, para comprar un lote en la agencia Vicente Guerrero, allá por 1998, aún incipiente el tiradero de basura, donde depositan más de 20 municipios de los Valles Centrales.

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