El pueblo donde los hombres bordan

En esta localidad del Istmo el bordado se ha convertido en una opción productiva ante la falta de empleo

Foto: Roselia Chaca
Sociedad 29/12/2019 07:40 Roselia Chaca San Blas Atempa Actualizada 14:10

Sus músculos marcados y muy varoniles contrastan completamente con la fina puntada que dibuja un jardín de flores rojas  y amarillas  que se plasma en  un lienzo de tela negra, pegada a un bastidor de madera.

En 27 años, Gerardo  ha perfeccionado los trazos  y combinado  colores, así que la experiencia y los años lo hacen uno de los expertos bordadores que viven en Santa Rosa de Lima, un pueblo zapoteca del Istmo de Tehuantepec, donde los hombres, además de sembrar la tierra, colorean la vestimenta de sus mujeres.

Gerardo Gallegos Talín tiene 47 años y vive una vida de medios días.  Este hombre lo mismo sabe de mezcla y cemento que de hilos y flores, pues es  obrero de medio tiempo y bordador en su otro medio tiempo y, a veces, bromea, a tiempo completo.

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Foto: Roselia Chaca

Aunque comenzó a bordar a los 20 años, Gerardo cuenta que al igual que sus hermanos,   aprendió el oficio de bordador a través de sus esposas y por necesidad, pues los hilos siempre están ahí cuando la carestía arrecia.

“Aquí casi todos los hombres son bordadores cuando no hay trabajo en otro oficio. Cuando no hay cosecha,  bordan. Cuando no hay obras en construcciones, bordan. Cuando no hay trabajo en compañías, bordan”, dice casi de memoria el hombre zapoteca.

Gerardo agrega que esta actividad es “una forma de ganar dinero” y que  muchos hombres comienzan de niños bajo la dirección de sus padres.

“Ser bordador en Santa Rosa de Lima no es un asunto de mujeres,  nada más es un asunto de economía”, trata de explicar sin despegar sus ojos de la aguja que perfora la tela una y otra vez.

A diferencia de otras poblaciones  del  Istmo, como Juchitán o Ixtaltepec,   donde el oficio de bordar es un asunto exclusivamente de mujeres o de muxes, pues   un hombre heterosexual   recibe  burlas y   se le tacha  de afeminado si se inmiscuye en el oficio, en Santa Rosa de Lima, agencia de San Blas Atempa, es visto con naturalidad y no desencadena asombro alguno.

“Aquí los hombres no se avergüenzan de sentarse frente a un bastidor, ¿por qué? Si esto me da de comer, si es un trabajo honrado. Saber combinar colores no me hace menos hombre”, sentencia convencido Gerardo.

El obrero y bordador sabe que su oficio  en otros lados “desata burlas”, pero también es consciente que en su comunidad  esta labor forma parte de su identidad: “Aquí es una característica del pueblo, trabajamos en equipo con nuestras mujeres y nuestros hijos, es un trabajo en familia”, argumenta Gerardo.

La jornada laboral de este  bordador  y su esposa comienza a las seis de la mañana y concluye a las cuatro de la tarde. Todos los días toman el hilo y las agujas hasta que  luego de  tres meses de trabajo terminan   un traje completo  y repleto de flores, como dicta la tradición del “pueblo nube”.

El costo de inversión para elaborarlo ronda entre los 3 mil pesos, así que algunas prendas alcanzan en el mercado un costo que va de los 10 mil hasta los 27 mil pesos, dependiendo de la cantidad de flores y colores.


“No  es un trabajo fácil”

En la entrada de Santa Rosa de Lima, a un costado de la carretera, vive Rubén Ramírez López, más conocido como Ta Finu. Tiene 72 años y  59  bordando,  pues comenzó a los 13 años.  No tuvo una maestra, aprendió solo y con los años perfeccionó su técnica.

Ta Finu recuerda que cuando comenzó sólo existían 10 bordadores en el pueblo, ahora son más de 100 hombres los que viven de esta actividad productiva.

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Foto: Roselia Chaca

Las burlas que se logran oír de repente en el pueblo sobre los bordadores no le enfurecen en lo  absoluto, porque dice que  gracias a este  oficio dio estudios y sacó adelante a sus nueve hijos.

“Claro que hay algunas burlas, pero no les hacemos caso,  ser bordador no es un trabajo fácil ni liviano, al contrario, es un trabajo  muy pesado  que termina por gastar la vista y  dañar la columna”, explica el anciano.

“De este trabajo di de comer a mis hijos,  mi esposa y yo les dimos estudios. Hoy todos saben bordar, hasta los nietos, es una empresa familiar”, comenta ante la mirada de una de sus  nietas.

Al año Ta Finu y su familia elaboran  20 trajes, como trabajan en colectivo, logran concluir una pieza en mes y medio. Sus clientes son de diversos estados  y muchas  piezas las promocionan en redes sociales. Tiene clientes fijos de años, que lo buscan por la finura de sus puntadas.

Cuando no hay tantas peticiones, Ta Finu  es un campesino que labra la tierra, y en  tiempos de sequías se vuelca en el bordado que le da dinero; es una combinación que, asegura, le hace feliz.

Sobre todo, agrega, porque considera que con los años más hombres se suman al bordado, perdiendo el miedo a la burla.

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