Historia. ¿Por qué mataron a mi familia con tanta saña?

Una mujer y sus dos hijos de 2 y 8 años fueron asesinados con arma blanca, el pasado 9 de diciembre, en Uruapan; la familia no tenía enemigos. Hay varias líneas investigación, dice PGJ
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La mañana trágica Jorge Alejandro salió de su casa cerca de las 8:40 horas, acordaron que pasaría por ellos a la hora de la comida para ir a un bautizo. Fue la última vez que los vio con vida. (CARLOS ARRIETA)
12/03/2018
07:32
Carlos Arrieta
Uruapan, Michoacán
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El 9 de diciembre de 2017, Marisela, de 28 años, y sus hijos Christian y Alejandro, de dos y ocho, fueron apuñalados en su vivienda. Jorge Alejandro, el padre de familia, los halló muertos cuando regresó de trabajar, fue el primer sospechoso. Videos, documentos, pruebas periciales y testimonios han ampliado las líneas de investigación de la Procuraduría General de Justicia (PGJ).

La familia no tiene enemigos, entonces ¿quién o quiénes los mataron con tanta saña? EL UNIVERSAL realizó la reconstrucción de los hechos y el seguimiento de las investigaciones, la historia es ésta:

La noche del 8 de diciembre, la familia cenó en casa de los abuelos paternos, en el centro de Uruapan. Los adultos comieron chicharrón en salsa roja; Alejandrito, leche y pan, mientras que Christian, sólo fruta fresca. Después pasaron a la sala; platicaron de temas familiares, entre ellos, la falla mecánica del automóvil de Jorge Alejandro, un Astra 2004 que estaba en el taller. Al término de la velada, el abuelo José ofreció su Bora 2009 para que la familia regresara a su departamento.

A la mañana siguiente, mientras Jorge Alejandro se arreglaba para ir al trabajo, Christian comenzó a llorar porque quería irse con él. Marisela trataba de consolarlo desde la cama, pero el niño insistía en no despegarse de su “papi”, como le llamaba. Alejandro, el otro hijo, descansaba en su habitación.

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Sentado al pie del altar de sus hijos y su esposa, Jorge Alejandro recuerda que salió cerca de las 8:40 horas, después de persignarlos y acordar que pasaría por ellos a la hora de la comida para ir al bautizo de su sobrino. Ésa fue la última vez que vio a su familia con vida.

Explica que salió de su casa, tomó el coche color arena y condujo cerca de 10 kilómetros desde su departamento ubicado en la periferia, hacia el centro de la ciudad, a donde acudió a entregar el Bora a su padre. Luego caminó unas cuadras hasta un centro cambiario —negocio familiar— donde trabaja. Junto con uno de sus compañeros, abrieron el local a las 9:10 horas, según se aprecia en los videos de seguridad del establecimiento.

 A las 12:00 horas, Jorge Alejandro pidió permiso para ir por su Sedán rojo al mecánico. Regresó cerca de las 12:40, y 20 minutos después salió a hacer un depósito bancario y aprovechó para a ir a escoger una bolsa de regalo que su esposa le encargó para el bautizo.

Jorge Alejandro tomó una fotografía de la bolsa y se la envió a su esposa hasta que llegó a su trabajo. Envió el mensaje de WhattsApp a Marisela y como no recibió respuesta regresó a la tienda y compró la colorida bolsa de 24x23 centímetros. Volvió a su trabajo a las 14:00 horas para checar su salida y de ahí se fue a su casa, a donde llegó a las 14:15, aproximadamente. Fue entonces cuando comenzó su infierno.

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La escena del crimen

Jorge Alejandro estacionó su automóvil y subió las escaleras. Al llegar a su departamento vio la puerta entreabierta, la empujó, y la primera imagen que tuvo fue la de Christian sobre el regazo de Alejandro. Estaban en el sillón blanco, como muchas veces los había visto, pero sus ropas estaban manchadas de sangre y sobre sus cuellos se percibían heridas. “Las heridas mortales de Alejandrito aún supuraban espuma”, describe el desconsolado padre, con incontenible llanto.

¡Mary!, gritó Jorge Alejandro a su esposa, luego de abrazar a sus hijos. Al no obtener respuesta giró la cabeza y observó la segunda imagen impactante: Marisela estaba tendida sobre un charco de sangre. Enloquecido salió a pedir ayuda.

El cuerpo de Marisela se encontraba tirado en el acceso a una de las habitaciones. Alrededor se apreciaba uno de los sillones, un cojín, ropa de ella y de los niños, algunos juguetes apilados, el control de la televisión y un recipiente de suavizante.

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Las blancas paredes, una prenda de vestir y un costado del sillón se tiñeron de rojo, al parecer hubo un forcejeo o Marisela luchó. Recibió unas 33 puñaladas en el tórax y una más en el cuello.

Los pequeños murieron abrazados, como si los últimos segundos de su vida hubieran decidido pasarlos juntos o algo aterrador los obligó a abrazarse. Alejandro sentado, su carita apagada. Una herida en el cuello era la más vistosa. Encima de él, boca abajo, el menudo cuerpo de su hermano Christian, con una perforación en la nuca y que lo abraza como para no soltarlo nunca.

Un berenjenal

La PGJE tuvo desde el principio como una de las piezas claves del triple homicidio a Jorge Alejandro, esposo y padre de las víctimas. Vecinos, familia y la mamá de Marisela aseguran que él no tuvo qué ver.

Sara Aguilar, madre de Marisela, asegura que Jorge Alejandro era un esposo ejemplar, un buen padre y buena persona. “Siempre la procuraba, le daba su lugar, era muy amoroso y sus hijos eran su adoración; él sería incapaz de hacerles daño”, enfatiza.

En su defensa, Jorge Alejandro presentó a las autoridades, pruebas [videos, documentos, fichas de depósito y testimonios] en los que comprueba que a la hora del crimen [entre las 10 y 13 horas] no estuvo en su casa.

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La procuraduría estatal también le sigue la pista a un hombre que, según los vecinos, “es un drogadicto” que fue visto con sangre en su ropa mientras huía y después intentó esconderse en la iglesia del fraccionamiento. Otras dos líneas de investigación apuntan a un problema que la joven madre tuvo con una mujer que le debía dinero y otra hacia un usuario de Facebook que la llegó a persuadir para que le vendiera productos por catálogo.

Un supuesto amante “virtual” de Marisela con el que interactuaba en redes sociales también es investigado, así como dos presuntos integrantes de un grupo al servicio del crimen organizado. Hay al menos tres líneas más de las que poco se sabe.

Uno más de los caminos que sigue la PGJE es el de un grupo de personas que una noche antes merodeaba sobre la calle donde se perpetró el triple homicidio y que se trasladaban en un par de vehículos.

En un video de seguridad se aprecia cómo un día antes del triple homicidio una camioneta Kia, color blanca y cristales polarizados se estaciona a dos casas de donde vivía la familia. Al mismo tiempo llega un vehículo sedán color negro del que descienden dos personas.

A las 00:10:40 la camioneta Kia se echó en reversa; salió del cajón y se puso al lado del sedán negro del que descendió una persona y la otra se arranca en el vehículo. Segundos después, ambos automotores se van. La camioneta Kia fue vista nuevamente cuando se estacionó cerca de las 09:00 horas del día del multihomicidio. Según los registros, se retiró después de las 12:00 horas.

En un recorrido por el complejo habitacional, los vecinos aseguran no haber visto quién o quiénes entraron al hogar de las víctimas ni haber escuchado ruidos extraños. Sin embargo, les llamó la atención que el inquilino que rentaba el departamento donde se estacionó la camioneta Kia se empezó a mudar dos días después del día del triple homicidio y no se supo más de él.

A través de marchas, la familia, vecinos y amigos, piden ¡justicia!

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Eran pícaros y felices

Alejandrito era un niño de 10 en sus calificaciones, cursaba el tercer año en la primaria Vasco de Quiroga. Su papá era el encargado de llevarlo y recogerlo del colegio. Lo llevaba a su trabajo, donde avanzaba su tarea en lo que llegaba la hora de ir a casa.

Su abuelito José le llevaba el lunch a la escuela. Comía de todo; no era delicado, pero sí muy exigente y ordenado. Sería maestro de ceremonias del acto cívico del 11 de diciembre, ya no llegó. Tampoco pudo festejar sus nueve años, que cumpliría el 25 de diciembre.

El más pícaro era Christiancito, quien volvía locos a los papás y a los abuelos por su sonrisa; era besucón, le gustaba escalar los muebles; comía frutas y verduras.

Era más apegado a su mami, con quien pasaba el mayor tiempo. Le gustaba bailar y, lo principal, era el superhéroe de la casa y cuidaba de todos.

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Marisela vendía productos por catálogo que ella y su esposo Jorge compraban en una distribuidora de Uruapan, para después revenderlos en pagos. Ofrecía desde zapatos, hasta productos de belleza y lencería. Sus clientes eran sólo mujeres, estaba consciente de la inseguridad que se vive en ese municipio ubicado a 110 kilómetros de Morelia.

Era seria, de carácter noble; siempre exigente con la limpieza y orden de su casa; se distinguía por ser trabajadora, luchona, una madre y esposa ejemplar.

Sara, mamá de Marisela, platica que de niña fue alegre y dedicada a cuidar a sus cuatro hermanos, pero también a apoyar con el sustento y tareas del hogar. “Todo el tiempo ayudaba a la gente, nunca peleaba, ni se supo que ella le hiciera daño a la gente, al contrario, siempre fue muy buena. Era noble y lo único que le molestaba eran las injusticias”, expresa con voz entrecortada.

 

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