El molcajete y el metate se resisten a la extinción

Unas 15 familias preservan la elaboración de utensilios y piezas prehispánicas como metates y molcajetes, pese a la competencia poblana y la falta de materia prima
Artesanos explican que las piezas oaxaqueñas están talladas en piedra blanca, mientras que las poblanas se realizan en la negra. Por su menor costo, los productos de Puebla han ido desplazando a los elaborados en San Juan Teitipac. Fotos: EDWIN HERNÁNDEZ
30/09/2018
11:48
Christian Jiménez
San Juan Teitipac, Oaxaca.-
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Una nube blanca es el preámbulo que antecede al nacimiento. En medio de una polvadera, las manos ágiles de artesanos van dando forma a los utensilios prehispánicos que aún imperan en las cocinas de las familias oaxaqueñas. Se trata de molcajetes y metates elaborados mediante el tallado de piedra, que tras siglos de existencia aún son protagonistas de la gastronomía mexicana.

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Piezas como estas nacen de las piedras que la familia de Noé Martín Noriega Carranza y su esposa Narcisa Cruz traen de una mina de piedra criolla, ubicada entre los cerros del valle que rodea a San Juan Teitipac, a unos 35 kilómetros de la capital.

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Este municipio zapoteca, cuyo nombre significa “encima de la piedra” es conocido porque algunos de sus habitantes aún conservan el arte de labrar la piedra, conocido como realzado. Así, de sus manos nacen los utensilios que por generaciones han servido para moler granos y chiles.

Mientras Noé alista las herramientas para iniciar la jornada laboral, en medio del patio, Narcisa comenta que el oficio ha permanecido en la familia desde hace tres generaciones. “La piedra la trabajó el abuelo de mi esposo, después su papá y después nosotros con nuestros hijos”, comenta.

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Las minas ubicadas en los cerros que rodean al municipio, explica, contienen bancos de piedra blanquecina que se “cuetean”, es decir, se explotan con pólvora para obtener piedras más pequeñas. Son esas piezas menores las que se elijen para transformarse en tejolotes, molcajetes, metates, piedras de molino y otros objetos que la familia realiza. “Son trozos grandes y hay que escogerlos para ver qué parte sirve y para qué pieza”, apunta Noé. La pareja y dos de sus hijos que se dedican al oficio artesanal de la piedra van por lo menos una vez a la semana a la mina que adquirieron hace tres años.

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La familia de artesanos refiere que antes trabajaban a medias, pues extraían la piedra de minas de otros propietarios que se quedaban con la mitad de lo que ellos trabajaban. Con el tiempo, decidieron invertir en algo propio.

Noé cuenta que la “cueteada” se realiza a pie. Luego, la piedra ya fragmentada se traslada en una camioneta. La labor de elegir los trozos adecuados puede llevarles hasta un día.

Antes de explicar el proceso de elaboración artesanal de los objetos que cobran vida en el patio de su vivienda, Noé y Narcisa hacen hincapié en que la piedra originaria del Valle de Oaxaca, conocida como “piedra criolla”, es de color blanco, mientras que aquellos objetos que se ofertan en el mercado que son de piedra negra provienen de artesano oriundos de Puebla.

“Han venido muchas personas que han ido a la mina a ver cómo trabajamos, toman fotografías y pueden observar el proceso. La mayoría de la gente, aunque sea oaxaqueña, no sabía que los artículos originales del estado son de color claro”, dice Noé.

La producción de la familia Noriega Cruz es variable, debido al tiempo que tienen trabajando la piedra, recibe los pedidos en su casa, pues ya no tienen necesidad de salir a los mercados a vender, como en los primeros años. Incluso, reciben pedidos de diversas partes del estado, incluyendo la capital, por parte de restaurantes y familias que preparan festividades.

Huatulco, Nuevo León, Aguascalientes, la Ciudad de México, así como Estados Unidos son algunos lugares a donde el trabajo de la familia decora las mesas de restaurantes y viviendas. El precio de un molcajete de tamaño estándar es de 400 pesos.

“Pirataje” poblano

Para que un fragmento de piedra se transforme en un molcajete u otro utensilo, Noé y Narcisa deben dedicarle hasta un día de trabajo. Después de la selección de la piedra, se le da forma con un marro y un cincel, picos, taladros y esmeril. “Aquí los molcajetes se hacen de muchas figuras, incluso hemos entregado figuras de piedra que han encargado algunos artistas plásticos”, apunta Narcisa.

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Noé aprendió desde los 13 años todo lo necesario para la elaboración de las figuras de piedra. Se casó con Narcisa cuando tenían 18 años y fue al año de matrimonio que ella se unió a las tareas del labrado de piedra.

“Cuando me casé, llegaron los hijos y sin la posibilidad de salir del pueblo para trabajar en otro lado, decidimos dedicarnos de lleno a la piedra”, dice.
Todos los días, después del desayuno inicia la jornada laboral para la familia, sólo hacen pausas para comer o para darle de comer a sus animales. En un principio, el trabajo era totalmente manual, sin herramientas eléctricas que facilitaran las labores y acortaran los tiempos. Los trabajos eran más rústicos, pero no perdían calidad.

A veces nos cansamos, dicen los artesanos que están por cumplir 60 años de edad; sin e mbargo, reconocen que ningún otro oficio podría darles el reconocimiento que les han dado sus molcajetes.

Aunque los productos que se realizan en San Juan Teitipac tienen garantía de por vida, Noé y Narcisa cuentan que los productos de Puebla representan una fuerte competencia para las familias oaxaqueñas que viven del oficio, pues sus costos son menores.

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Esos precios han propiciado que mercados como el que se instala en Tlacolula de Matamoros ofrezcan productos poblanos en lugar de los oaxaqueños. Así, poco a poco, los utensilios que se tallan en la entidad han ido perdiendo el mercado.

“Nuestra piedra es más dura, más resistente. Hemos entregado piedras de molino elaboradas de piedra criolla que han sido probadas por artesanos poblanos, quienes han constatado que el trabajo que puede llevar días enteros es de mayor calidad”, sostienen.

Oficio en extinción

Precisamente, la dureza de la piedra que con destreza trabajan los artesanos la llevó a convertirse en el material con el que en abril de 2005 se tapizó el zocalo de la capital oaxaqueña.

Cuando iniciaron las obras de remodelación, un grupo de decenas de personas se trasladaron con maquinaria pesada para sacar camiones de piedra criolla de las minas del poblado.

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De acuerdo con la familia Noriega Cruz, los trabajos tomaron poco más de un año, pero los avances fueron lentos ante el desconocimiento de la zona y de la forma de extraer la piedra. Lo anterior obligó a los representantes de la obra a echar mano de los artesanos de la piedra de la comunidad.
Noé fue nombrado como el encargado de las explosiones para facilitar las jornadas laborales. “Estuve como cohetero ahí, ayudando diariamente a explotar por lo menos 20 bombas. Se sobreexplotaron muchas minas… quedaron sin piedra”, lamenta.

“Sabemos que en algún momento las minas se acabarán. Si se acaban los bancos ¿con qué vamos a trabajar? Muchas zonas quedaron afectadas por las obras que se realizaron en ese entonces”, reflexiona Noé.

Ante el riesgo de un oficio que se extingue, en diciembre del año pasado el gobierno del estado de Oaxaca seleccionó al taller de Noé y Narcisa como uno de los ganadores de la convocatoria “Sembrando Tradiciones”, que se lanzó a través de la Secretaría de las Culturas y las Artes, junto con otros siete proyectos que representan las expresiones culturales del estado.

El matrimonio relata que, como parte del reconocimiento, además de la entrega de un incentivo económico [200 mil pesos divididos entre los ocho ganadores] se realizó un minidocumental de la actividad que ellos realizan y que, les dijeron, es un oficio que está a punto de desaparecer.

“Hasta trajeron el periódico”, dicen con asombro y añaden sentirse orgullosos de que el trabajo de los artesanos sea reconocido.
En San Juan Teitipac, calculan, son unas 15 familias las que se dedican a ello, pero no todas realizan el proceso completo, aunque refieren que antes eran muchas más familias las que elaboraban productos de piedra.

“Muchos hombres y mujeres murieron en la piedra… trabajando. Algunos de sus hijos siguen la tradición, pero compran la piedra, ya casi nadie explota las minas, ni trabaja como debe ser. En muchas familias el oficio se perdió porque los hijos quisieron dedicarse a otra cosa”, acota Narcisa.

El material videográfico se exhibió el pasado 31 de mayo en la hemeroteca pública Néstor Sánchez Hernández, a donde asistió el matrimonio, y más tarde una copia fue enviada a San Juan Teitipac, pero hasta el momento no ha sido exhibido.

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