Evolución: a los bordados zapotecos no los limitan las barreras de género

Los textiles prehispánicos han llegado hasta nuestros días adaptándose a las modas y los tiempos, y las prendas istmeñas no son la excepción

Foto: Roselia Chaca
Sociedad 10/11/2020 11:07 Oaxaca Actualizada 10:14

Juchitán.— La noticia causó revuelo en las redes sociales: un vestido para hombre aderezado con los exuberantes colores de las flores zapotecas está dividiendo opiniones entre quienes alabaron la transgresión de la pieza y aquéllos que no recibieron bien la propuesta, como si los textiles no se transformaran con el tiempo. 

Sobrevivientes de múltiples épocas, los textiles prehispánicos han llegado  hasta nuestros días adaptándose a las modas y los tiempos, y las prendas istmeñas  no son la excepción. 

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Los huipiles bordados de flores que por siglos han acompañado a la identidad zapoteca también se han modificado con el pasar de los años, desde las telas y los hilos con los que se elaboran, hasta en las  figuras trazadas, por ejemplo  los bordados, que lo mismo comenzaron a plasmarse en una tela de organdí traído de Europa a principios del siglo XX, que terminó en una pieza catalogada como ropa “sin género” en plena época digital.

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Foto: Instagram Domingax

La “inspiración” que ha despertado el bordado de los pueblos zapotecos no es reciente. Desde hace más de 15 años, los chinos comenzaron a plagiar los bordados de los trajes istmeños y a reproducirlos de manera industrial, lo que desató la molestia de los habitantes, sobre todo, de Juchitán, por la apropiación cultural, pero sobre todo por la mala calidad de las piezas, que al ser muchos más económicas, desbancaban a los bordados artesanales.

El plagio continúo por muchos años, y esos bordados chinos se terminaron por normalizar, y en los mercados locales se pueden localizar sin gran esfuerzo estas prendas.

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Otra de las controversias en que se han visto inmiscuido los textiles del Istmo es la apropiación cultural por parte de grandes casas de moda como Carolina Herrera, que dejan fuera a las comunidades que las elaboran y las ocupan en propuestas que venden como nuevas tendencias de la moda, que implican intervenciones a los huipiles, o el empleo de las flores y las grecas, de la técnica de cadenilla, para proponer tendencias como la presentada por la diseñadora Dominga MX, con su maxi vestido para hombre, el que desató la controversia. 

Primero fueron los muxes

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Foto: Roselia Chaca

Enrique Godínez, director de Políticas Pública y Diversidad Sexual del municipio Juchitán, está convencido que una de las principales revoluciones que han vivido los textiles del Istmo comenzó hace mucho, dentro de la propia comunidad zapoteca, con toda la ruptura que ha significado la identidad muxe.

Recuerda que en los años 60 aún no se veía migrar a las flores, entonces exclusivas de la ropa femenina, a las guayaberas de hombres. El primero que se atrevió a romper con ese “purismo” del textil, dice, fue Oscar Cazorla, el fundador de las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro,  personaje considerado como “la matriarca de las muxes”. 

“De niño veía pasar a una muxe’ por mi casa con camisa, se ponía una flor en la cabeza y se pintaba los labios; esa era su forma de identificarse como muxe’. Luego, en los 70, Cazorla fue el irreverente y controversial, se atrevió a ponerle flores a sus guayaberas, pero no flores pequeñas, sino las más grandes y coloridas, fue el primero y por muchos años el único que lo hizo”, cuenta. 

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El funcionario, quien también es parte de la comunidad muxe, explica que para esos años el uso de los bordados femeninos en ropa de varón era “extravagante y escandaloso”, pero que a Cazorla no le importó. “Su forma de vestir lo identificó hasta su muerte y dejó una moda”, explica.

Después de Cazorla, explica, muchos muxes que no se vestían  con ropa femenina o no eran considerados muxe’ gunna (homosexual/ mujer) optaron por la moda de las flores bordadas, así que las guayaberas con estos motivos grandes y coloridos fue adoptada por un sector de esta comunidad, pero fue hasta hace menos de una década que una nueva generación de jóvenes diseñadores propusieron a los hombres usar guayaberas con flores, pequeñas y de colores sutiles, pero sobre todo con las grecas de la técnica cadenilla.

La nueva generación 

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Foto: Cortesía

Adriana Román Guzmán, una diseñadora joven pero con más de 10 años de experiencia  con su marca “Tejiendo sueños”, señala que a la primera persona que vio romper con el textil tradicional fue la cantante Lila Downs, con su corsé de flores istmeñas y sus huipiles hechos blusas, lo que al principio le acarreó críticas y burlas, pero también atrajo un nuevo tipo de clientes a las artesanas.

“Las artesanas viven de lo que hacen y si el cliente pide eso ellas lo elaboran. La diversificación de los textiles en prendas (desde bolsas, zapatos ,vestidos) les da trabajo a muchas, sobre todo en tiempos de crisis. Las flores ya no son exclusivas de las mujeres, también se han adaptado  a la vestimenta varonil, playeras, camisas y guayaberas, aunque un pco más pequeñas y de colores suaves; en los últimos años son muy solicitadas por hombres ajenos a la región”, comenta.

Mary Silvia Marín Pineda, otra diseñadora juchiteca, pero más conocida con su marca textil “La Teca de Oro”,  incluso ha dado un paso más allá, al plantear una guayabera, prenda tradicionalmente masculina, para la comunidad nguiu (lésbica). Se trata de una pieza ajustada pero con flores de un sólo tono, muy elegante y varonil. Para esta diseñadora, el textil istmeño sigue su evolución natural, adaptándose a las modas, pero sobre todo a las nuevas identidades y sociedades, como lo viene haciendo desde hace un siglo.

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Foto: Roselia Chaca

“Como sociedad debemos abrirnos porque los tiempos han cambiado; además debemos de ver en la historia. El huipil actual no es en nada de lo que era en la época porfiriana, ha evolucionado, desde las telas hasta los colores, por eso es cuestionable como se rasgan las vestiduras algunas personas por las nuevas propuestas en la moda y se ofenden, cuando nada es puro, todo cambia”, expresa en entrevista. 

Marín Pineda está convencida que, como diseñadora, hay una obligación para preservar la identidad cultural del textil, pero también  se debe proponer. “Si no hay adaptación, tiende a desaparecer, porque las máquinas y bastidores de las tejedoras no pueden parar”, explica vía telefónica desde su taller en Toluca.

Esta diseñadora, que también se considera artesana textil, destaca entre sus propuestas la de blusas con flores y grecas de cadenilla, pieza que emplea elementos masculinos y femeninos, una alternativa para el uso diario. Con más de 5 años como diseñadora, dice que su marca La Teca de Oro busca siempre explicar el uso de la vestimenta tradicional, pero a la vez proponer piezas contemporáneas.

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Jonatán López, otro joven diseñador zapoteco, coincide con ella. Después de 15 años de aprendizaje en talleres y casas de moda  como Ferrioni, acaba de lanzar su primera línea textil, que fusiona los elementos de lo tradición, el pago justo y el reconocimiento a la artesana. Aunque su propuesta no está enfocada a romper barreras como el género, considera que es válido utilizar el textil en las nuevas tendencias, siempre y cuando se trabaje directamente con las artesanas y se les explique el objetivo.

“Ofende mucho cuando hay una apropiación y no se trabaja directamente con las artesanas. A ellas se les debe de ser muy sinceros, explicarles a qué público va dirigido, quiénes van usar las prendas y sobre todo pagarles lo justo. Hoy en día hay una gran movimiento en la ropa sin género en el mundo y así va seguir, entonces lo que hay que hacer es explicar al público de qué va, creo que las artesanas le entran porque es un nuevo mercado que se les abre”, dice convencido el joven diseñador.

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